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Panem et circenses II

La conversación sigue, aunque algo espaciada e inconexa, como lo son todas cuando hay algo más interesante que ocurre al mismo tiempo. Mi anfitrión es un militar retirado y viejo amigo mío, aunque con los años ha perdido visión de lo que ocurre en el frente y me pregunto qué seguimos teniendo en común. Viéndole así, tan entusiasmado que ni siquiera se levanta para darme un abrazo, me asedian sentimientos encontrados. Soy como una isla inmutable a la que rodea la entusiasta corriente; es posible que no vuelva a saber vivir con despreocupación.

―¡Empieza la carrera! ¿Qué haces que no vienes? Si te quedas de pie como un espantapájaros, pensaré que tengo un esclavo nuevo.

Gayo Aurelio gesticula y alguien me empuja sutilmente desde atrás, con lo que acabo con mis posaderas hundiéndose en un blando cojín al mismo tiempo que cae la mappa de las manos de algún político ¿o quizás del emperador? Afino la vista y en la tribuna me parece ver a Trajano entre columnas como un animal enjaulado y rodeado de los cuidadores con más celo del imperio. Quizás él tampoco está disfrutando, al fin y al cabo.

―¿Has apostado por alguno? ―me oigo decir.

―¡La casa por la ventana! ¿Ves al chaval del equipo azul? Los rumores más locos dicen que es una mujer. Es ágil, es astuto. Les va a ganar a todos y a darles por culo más tarde, ¡para que luego vayan diciendo que les ha jodido una damisela!

Su risa es contagiosa y por un momento me dan ganas de involucrarme en su triunfo, parece justo, vistos los mostrencos tras las demás bridas.

A mitad de una vuelta vertiginosa, un gran clamor sacude el circo. El susodicho ha conseguido empujar al auriga del equipo blanco contra la spina y con sus ruedas arrolla la pata de uno de los caballos, que relincha con tanto dolor que me recuerda a una vaca mugiendo. Con ese naufragio acaba la carrera para los blancos y se perfila la rivalidad dual entre verdes y azules, los equipos con más aficionados.

El último delfín se inclina ante la última vuelta, que no sonríe a los rojos. Los gritos se hacen más estridentes. Casi puedo notar la presión que ejerce el público sobre la arena, y me imagino lo que deben sentir los aurigas. Sus reflejos confrontados a los nervios, la adrenalina, la velocidad imparable, tan imparable que se saben indefensos ante cualquier accidente y al mismo tiempo, héroes tocados por los dioses inmortales. Si me paro a pensarlo… es irónico que el pueblo romano idolatre esclavos participando en una farsa mientras las verdaderas batallas, las que tienen sentido, se suceden silenciosas en el otro extremo del imperio. Estos hombres mueren por placer, aquellos, por necesidad. Pero unos tiñen las vidas cotidianas de fervor y los otros… bueno, los otros se dan por sentado.

Me revuelvo en mi asiento con cierta incomodidad cuando de pronto el mundo se vuelve patas arriba. A mi alrededor todos se han puesto de pie y siguen gritando, enfervorecidos o indignados. O ambas cosas. Parece que me he perdido el final de la carrera, absorto en mis reflexiones, aunque por la expresión de Gayo la diosa Fortuna le ha sonreído.

Cuando suenan las tubas ―los únicos instrumentos que son capaces de superar el vocerío y por ello los favoritos en los espectáculos―, me levanto yo también y le doy la enhorabuena como si fuese él mismo el autor de tal hazaña, aunque a decir verdad, hazaña es haber ganado tamaña cantidad de dinero apostando por el que llevaba las de perder según las encuestas.

―¿Ya te han dado tu diploma?

La pregunta me sorprende cuando ya daba por perdida nuestra antigua amistad. Me recuerda que casi puedo tocar la ciudadanía romana con la punta de los dedos.

―Aún no he ido a buscarlo.

―Pues ten cuidado… Hay rumores de que están alargando el servicio entre los veteranos.

Sus palabras me sientan como un baño de agua helada.

 
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Publicado por en 22 marzo, 2017 en Roma Imperial

 

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Violante III

Capítulo III

“Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”

Gradenigo

Estos últimos acontecimientos merecen cierta explicación de lo que había ocurrido antes.

Meses atrás, Violante había encargado un ciclo de pinturas a Filippo Lippi, un joven monje con vocación de pintor que se decía había aprendido el oficio sentándose a copiar los frescos de Masaccio y Massolino en la capilla Brancacci. Pero pronto fra Lippi tuvo que excusarse por la demora de su encargo sin querer dar explicaciones. La joven se enteró, por boca de sus aprendices, de que había llegado un encargo muy importante de un veneciano y que no podía esperar. De alguna manera ese tal veneciano había conseguido cambiar sus prioridades y esto la ofendió profundamente, así que fue al taller y le amenazó con retirar su encargo y en la medida en que pudiera el resto de encargos futuros si no terminaba el suyo primero. Pero vio algo inesperado en sus ojos: miedo. ¿Qué le habría hecho el misterioso comitente, amenazar con arrancarle la lengua?
–Se me ocurre algo–, dijo de pronto, en tono persuasivo.– Dejarás la pala al taller… y acabarás personalmente lo poco que te queda de mi encargo, así matarás dos pájaros de un tiro.
–No, no puedo…
–Mira, no era una sugerencia. Ya has hecho esto antes… ¿Crees que no lo sabía? Pero de ti depende que se quede como un secreto de profesión o que acabe salpicando los palacios de Florencia. Tendrás que abandonar la ciudad por falta de trabajo y… bueno, quizás lo único que te quede sea tu amigo veneciano. Pero a lo mejor con tu nombre manchado, ni siquiera eso.
Fra Lippi era un hombrecillo extremadamente indigno pese a considerarse un siervo de Dios. Violante hubiese marchado de allí sin mirar atrás de no ser porque sus planes de venganza eran más importantes, y porque incluso los hombres más despreciables podían pintar como los ángeles.
–Una última cosa. ¿Cómo se llama?
–Signorina Gardi, no sé si sería prudente… –gimió el hombre retorciéndose las manos.
Lo último que hizo fue dar un portazo mientras se sumía en sus pensamientos. Su plan había sido sutil, tan sutil que haría falta un verdadero experto para distinguir el engaño… pero contaba con que el desconocido fuese tal experto. En caso contrario… bueno, habría pagado por un fraude.

Pero las cosas no siempre salen como uno quiere, o al menos, cuando uno quiere.
Cierto tiempo después alguien había depositado en el establecimiento de los Gardi lo que uno de los empleados consideró como un regalo.
Violante giró el cofre detenidamente en sus manos, observando la madera finamente tallada. En el frente, un escudo oval contenía lo que parecía un largo tramo de escaleras en bajorrelieve. Por mucho que pensó, no se le ocurría a quién podía pertenecer tal blasón y por qué se había molestado en enviárselo. Pero sin más dilación abrió la tapa y miró en su interior. Contenía un librillo en cuero negro sin ninguna marca en el exterior, pero en el interior estaba escrito con letra elegante L’Inferno, de Dante Alighieri. No es que se hubiese parado nunca detenidamente a leer las obras literarias de su tiempo, pero tenía entendido que aquello solo era una parte de una obra más grande titulada Commedia.
La segunda hoja fue reveladora e intrigante al mismo tiempo. A modo de dedicatoria alguien había escrito unas breves palabras:

«Encontrarás aquí moradas,
Que te acogerán con los brazos abiertos:
Séptima u octava,
Para usureros y consejeros fraudulentos.

Allí nos veremos, en el Infierno,
Donde lee Dante: abandona toda esperanza».

¿Y la firma? La firma rezaba de forma enrevesadamente simple un «Giovanni Gradenigo».

Violante tiró el libro a un lado y dio un manotazo al cofre vacío, haciéndose daño en la mano. No tardó en enterarse de que Filippo Lippi había sido llevado a juicio y pronto daría con sus huesos en la cárcel por haber trasgredido los términos de uno de sus contratos que estipulaban que la mano del maestro, y no su taller, sería la responsable de realizar el encargo. Unas leves punzadas de temor y rabia la aguijonearon pues sus cuadros seguían sin estar perfectamente acabados, y quizás el pintor decidiese hablar en juicio de los pequeños consejos que le había dado. Tenía preparado un plan que la haría parecer una víctima más, pero no necesitó desarrollarlo pues nadie la llamó al juicio. Sin embargo, la llama del temor y la rabia aún no se había extinguido en ella cuanto más pensaba en el veneciano… ¿Quién le habría mandado revisar la obra antes de estar acabada? Y sobre todo… ¿cómo demonios se había enterado de que ella era la voz maliciosa que había tentado al maestro?

* * *

–¿Qué piensas hacer?
Jean no parecía dispuesto a abandonar la habitación ante una posibilidad, aunque lejana, de saldar sus asuntos en Italia y volver a París. En su mano blandía una carta cuya letra Violante reconoció con facilidad.
–Nada.
–Deja de comportarte como una cría que tiene a todo el mundo en esta casa a su servicio.
–Lo tengo–, rio ella sin poder evitarlo, pero supo que pagaría caro aquel arranque de sinceridad.
–¿Sí eh? Esta misma noche iré a Venecia, a donde estoy invitado, y cumpliré la misión que me dio padre, esto es, encontrar a alguien que te aguante. Parece que he encontrado el candidato ideal, si es que le llamas idiota en su cara y aun así quiere casarse contigo.
–¡No! –pero eso no bastaría– No… iré yo.
–Puedes acompañarme, pero no tendrás voz ni voto.
«Ya veremos»… pensó ella con un gruñido casi ininteligible.

Gaspard le Hardi también insistió en ir con ellos, pero su motivo era diferente. A decir verdad, el soldado estaba resultando una sorpresa creciente a medida que pasaba el tiempo, y aunque interesado por las noticias que llegaban del desarrollo de la guerra en Francia, parecía haberle cogido cariño a Violante y se estaba forjando una nueva vida en Florencia como mercenario. Si Jean no se había dado cuenta, quizás él también se llevase una sorpresa de otro tipo cuando el día que quisiese volver a París, Gaspard se limitase a desearle buen viaje y buena suerte.
No obstante, Violante no quería llevar demasiada escolta y temía que el Gradenigo tuviese preparada alguna farsa donde se burlaría de ella. Podría vivir con que su hermano compartiese su vergüenza pero… ¿también Gaspard? No, volvería pronto.

El camino hacia el norte fue esta vez corto y extremadamente aburrido. No hubo percances, ni paradas que no fuesen estrictamente para descansar o almorzar, y ni siquiera hubo conversación. En pocos días, llegaban a las puertas de la ciudad para darse cuenta de que, la mansión de Giovanni Gradenigo no estaba intramuros sino en un pueblo cercano. Llegaron a las propiedades del veneciano al caer la tarde y el palacio con que se encontraron les dejó a ambos con la boca abierta.

 
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Publicado por en 2 noviembre, 2013 en Mis Personajes, Renacimiento

 

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Violante II

Capítulo II
“San Giovanni ‘un vòle inganni”.

Arte del Cambio

Necesitaron varios meses para disponer todos los preparativos del viaje. No había prisa hasta que llegara la primavera, pues los desplazamientos en invierno eran especialmente duros.
Cuando llegó el mes de mayo, la comitiva se puso en marcha: la acompañaba su hermano, Jean, uno de sus hombres de confianza –un soldado francés llamado Gaspard le Hardi–, y una criada italiana que le había impuesto su padre, Chiara Maffei. El primero había accedido de sorprendente buen grado a acompañarla, pues volvería en unos pocos meses y a lomos de un caballo se sentía bastante más útil. El soldado era un hombre de mediana edad con una fea cicatriz entre oreja y mejilla que le daba un aspecto hosco, pero parecía leal. La criada por último, era una vigorosa y asustadiza italiana que acogía con ilusión la oportunidad de volver a su tierra.

Veintidós días separaban París de Florencia por tierra; tardaron bastantes más por detenerse en diversas ciudades que no estaban exactamente de camino y comprar cosas que a Violante se le antojasen. Lo que más le molestaba era la falta de intimidad, que le hizo creer que conocía demasiado bien a desconocidos como los que les acompañaban. Pero podría haber sido peor, pues ninguno de ellos le resultó especialmente irritante, e incluso el soldado mostraba interés en aprender a chapurrear italiano y contaba anécdotas del campo de batalla que amenizaban el viaje.

Los días se volvieron más luminosos conforme se acercaban a su destino. Milán resultó una tosca plaza fortificada sumida en problemas internos pues hacía pocos años que el ducado había cambiado de manos, y la población todavía estaba suspicaz ante los nuevos Sforza. Teniendo en cuenta que extranjeros como el rey de Francia o el de España habían querido reclamarlo como propio, quizás el condotiero no era tan mala opción después de todo.
Las repúblicas de Génova y Venecia también merecieron una visita. Aquellas ciudades mercantiles hicieron suspirar a Violante, pues eran exuberantes, descaradas y llenas de vida. Conoció a personas de su familia que ni siquiera sabía que existían y recabó consejos comerciales. Todos asistían perplejos a la elección de Piero Gardi para llevar sus negocios en Florencia, pero asumieron que su hermano la tutelaría.

Y por fin, llegaron a Florencia. De entre todos los lugares que había visto, aquella ciudad desprendía una belleza sutil que calaba lentamente hasta los huesos. En un primer momento Violante se sintió decepcionada; ¿dónde quedaba el mar abierto y la animada vida portuaria? En su lugar, habían atravesado campos y campos, montes grandes y pequeños dorados al sol. Pero la ciudad por la que se adentraron resultó ser cálida y bulliciosa, y la joven quiso ver de cerca el famoso duomo que habían visto sobresalir por encima de todos los tejados a kilómetros de distancia. Era un gigante tranquilo y esbelto de proporciones colosales que observaba la ciudad a través de sus grandes óculos. Se asentaba sobre una masa de piedra caliza que refulgía al sol, dejando a los cuatro viajeros mudos durante largo tiempo. Incluso cuando fueron a buscar su casa, seguían en pensativo silencio.

Pero la vida mundana acaba por imponerse a toda experiencia mística con su ruidosa e insistente humanidad. La nueva morada parecía una sombra de lo que había podido ser hace tan solo unos meses, pero era una robusta mansión de piedra que ocupaba media manzana. Se habían quemado la mayoría de los muebles, los tapices, las sábanas, las alfombras. Había mucho trabajo por hacer para devolverle un esplendor equiparable al que Piero había dado a su hôtel des Gardi en París, pero el dinero no faltaba.

                                                                          * * *

Las páginas revolotearon hacia atrás. Allí había marcado su fecha de llegada -1437-, y desde entonces una sucesión de compras, reparaciones, contratos, y contribuciones al gremio. Con la carta de recomendación de su padre y una cuantiosa suma de dinero, los banqueros habían aceptado que la familia Gardi con Violante a la cabeza retomase sus actividades en el Arte del Cambio, pero durante unos meses tuvo que frecuentar establecimientos de la competencia para adaptarse mejor a una nueva forma de hacer negocios. Allí los banqueros no solían recibir en una salita privada como en el norte de Europa, sino que colocaban un banco a la entrada del establecimiento y se sentaban, con una bolsa de dinero atada sobre el pecho y su libro de contabilidad, a atender a los clientes. Había también un estricto sentido del deber cívico, del orgullo patrio, lo que les impedía tolerar a los mediocres y favorecer engaños o falsificaciones… todo esto ella lo había aprendido por su padre y lo ponía en práctica ejemplarmente, pero lo que más contrastaba con su París natal era la mediatización de las obras de arte. Ya no era un “quien tuviese prestigio gastaría dinero” sino un “quien tuviese dinero, lo gastaría en prestigio”. Si ellos lo atribuían a la caridad, desde luego Violante lo encontraba difícilmente creíble; más bien, las dinastías familiares de los gremios mayores se exhibían como vanidosos pavos reales. Ella sin embargo, encontraba verdadero placer en la delicadeza de sus creaciones.

Recordó también la primera reunión gremial con algunos de los hombres más importantes de la ciudad, hombres cuyo apellido por sí solo evocaba a decenas de individuos que habían amasado ingentes cantidades de dinero entorno a él. En un principio, la presencia de una mujer joven no había resultado demasiado incómoda pues suponían que estaba allí para observar y acatar las decisiones colectivas, como muchos otros que preferían mantenerse en segundo plano. Sin embargo, en cuanto extendieron los planos de la nueva sede sobre la mesa ella abrió la boca.
–Una escultura de San Mateo sería apropiada para colocar en una de estas hornacinas… si ya Donatello hizo a San Marcos para el Orsanmichele podríamos encargar una estatua de tal porte para la Piazza de la Signoria y sería vista por muchos de nuestros conciudadanos.
Todas las miradas se habían vuelto hacia ella. Algunas cabezas aprobaban y algunos fruncían el ceño.
–Donatello tiene ya sesenta años mi señora, ¿no creéis que es tiempo de dejarle descansar?–, le dijo socarronamente Lucca Peruzzi.
–Estaba más bien pensando en el que llaman Verrochio, es un joven con mucho talento, instruido en el taller de orfebrería de Giulio Verrochi.
A raíz de aquello, a Violante habían encargado obtener un buen contrato con el escultor y un proyecto que les complaciese a todos, lo cual era bien parecido a una trampa pues si al final no les convencía, ella sería la responsable de haberle hecho perder su tiempo, y tendría que correr con los gastos. Pero había forjado su suerte con cuidado y se reunió personalmente con Battista Salviati y Cosme de Médici, con la osadía que da la juventud y la seguridad de quien está convencido de que tiene razón. Su trato fue adulador pero franco, al fin y al cabo no iba uno por uno recaudando votos sino solo apuntando a convencer a lo más alto para que arrastrase a todo lo demás. Y lo consiguió.

Su participación más o menos activa en las reuniones del gremio le había creado algunos detractores y otros casi podrían llamarse admiradores. También había encontrado un apoyo importante en la única otra mujer banquera de Florencia, Giulia Bardi, viuda de Jacopo Bardi. Pero donde más disfrutaba de admiración no era en las casas nobles o en las grandes familias burguesas que la observaban desde alturas de gigante político, sino en los modestos talleres de artistas y artesanos, entre quienes se había extendido la fama de que por donde esta joven pasara llegarían los encargos.

–Hermana, ¿quién es el tal Giovanni Gradenigo?
Sus pensamientos se hicieron añicos contra el suelo pues de tan ensimismada no le había sentido entrar en la habitación.
–Un idiota–, respondió con un aspaviento desdeñoso.
–Pues este idiota me acaba de pedir tu mano.
Si le hubiesen dicho que se acababan de abrir las puertas del infierno bajo su casa no habrían podido sorprenderla más. Y en cierto modo, era equivalente.

 
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Publicado por en 30 octubre, 2013 en Mis Personajes, Renacimiento

 

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Violante I

Capítulo I
“L’homme propose et Dieu dispose”

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Detrás del contador se apostaba un hombre en la treintena que repasaba tozudamente un libro atestado de escritura rápida y prácticamente ininteligible. Su dedo se deslizaba por el pergamino y cuando acababa una columna, volvía a subir persiguiendo la siguiente. Todo a su alrededor era digno de ignorarse: la puerta que se mantenía abierta filtrando los ruidos de la calle, la campanilla de metal que se agitaba con la brisa veraniega, o las pausadas idas y venidas de su mujer, que hacían crujir la madera en el piso de arriba.
Desde una esquina, la niña lanzó una moneda al aire. Todo se podía ignorar salvo una cosa: el ruido del dinero.

–Yolande, qu’est-ce que tu fais?
–Rien, papa.
–Donne-moi ça.
Forzando los dedos diminutos para que aflojaran la presa, un destello de oro cambió de mano y se mantuvo, seductor, ante su nuevo propietario.
–¿Sabes lo que es esto?
Su padre volvía al italiano cuando se enfadaba o trataba temas serios.
–Un florín de Florencia, padre. Por el anverso hay una flor de lis y por el reverso San Juan Bautista, patrón de la ciudad.
Sus ojos empequeñecieron con incredulidad. Pensaba explicarle a la niña lo que era el dinero y por qué no debía jugar con él como si de canicas se tratase, pero la explicación que acababa de oír barría la inocencia de aquel ángel rubio.
–¿De dónde lo has sacado?
–Me lo dio el tío Giovanni antes de irse. Decía que con él teníais que comprarme una medalla de la Virgen para que me proteja. –Pero hizo una pausa esperanzada– ¿Cuánto vale un vestido bonito?
–Que me lleven los demonios…
La campanilla de la entrada cortó su frase por la mitad.
–Maese Piero?
–Monseigneur le duc?
El que acababa de entrar en su establecimiento era el duque de Berry, un cliente habitual pero muy exigente. Entonces Piero Gardi se dio la vuelta, preparado para servirle.

                                                                           * * *

Pese a que nunca había puesto los pies en París, encontró con relativa facilidad el barrio lombardo en cuanto le escucharon hablar en italiano. Llevaba un mensaje para los Gardi, prósperos banqueros florentinos que habían establecido hacía décadas una filial en la gran capital francesa y desde entonces habían prosperado, aumentando de tal forma su fortuna que podría decirse que los Gardi franceses estaban en mejores condiciones que sus parientes italianos si no fuese porque mantenían el negocio como uno solo, un hermano al frente de cada establecimiento y varios primos en Siena, Génova e incluso Venecia.

El hotel destacaba sobre los demás por ser un poco más alto, y aunque sobrio, estaban reformando la fachada con unos bajorrelieves en el dintel de la puerta a la manera italiana. Cuando la atravesó, casi se dio de bruces con una chica joven que llevaba un cofrecillo en las manos. En lugar de seguir su camino ella se paró delante, y sujetando la arqueta entre su mano y su cintura, extendió la otra con una breve sonrisa.
–Buen día. Traéis un mensaje ¿no es cierto? Puedo entregárselo a mi padre o si preferís, os guiaré hasta él.
El hombre titubeó un instante, pero la carta no abandonó el envoltorio de fino paño que la protegía. La joven rubia era graciosa y parecía determinada, pero agradecería un momento de descanso y una respuesta de vuelta.
–Preferiría ver a vuestro padre, si sois tan amable.
Su voz era grave y su acento cerrado, claramente florentino. Era reconfortante encontrar un pequeño rincón en aquella sucia y tortuosa ciudad donde se hubiese colado un poco de la calidez de su tierra. Sin embargo, toda ella pareció congelarse cuando Piero leyó el contenido de la carta. Después de un mes viajando, casi había olvidado que era portador de malas noticias.
–Virgen María santísima y San Cristóbal bendito… Paolo, Bianca y Antonello… todos muertos… Que Dios nos asista.
Tras la señal de la cruz su rostro se transformó en un sudario mientras escuchaba las tristes noticias de la epidemia que había azotado el norte de Italia, no con la gravedad de la peste del 1348 pero lo suficiente como para barrer de un plumazo a la mitad de su familia.
Las posibilidades comenzaron a ramificarse en su mente con la rapidez de un relámpago. Sin su hermano, que había sido al mismo tiempo su principal socio, ni su sobrino, que hubiese tenido edad de trabajar, se quedaba sin familiares directos que pudiesen mantener la raíz de su negocio. Y cuando la raíz se secaba, la planta moría.
Establecer una relación con alguna otra dinastía de comerciantes parecía la única solución posible, aunque implicaba una  sumisión completa a su forma de hacer negocios ya que para más inri Dios sólo le había dado progenie femenina, y un muchacho que no había demostrado ningún interés por el negocio de su padre más allá del dinero que había sido decisivo a la hora de casar con una joven de la baja nobleza. Casar a su primogénita con algún miembro de los Pazzi, o los Peruzzi, o los Médici parecía una de las pocas opciones posibles… aunque la idea le revolvía el estómago, y ante todo, el comportamiento de Violante cuando lo supiese sería imprevisible.

                                                                        * * *

–Tomad asiento, no os va a gustar lo que tengo que deciros.
Y efectivamente a Jean ya le había dejado de gustar, pues se temía que su padre volviese a insistirle acerca del negocio familiar. Violante sin embargo, se mantuvo de pie;  sin que su padre supiera, había escuchado la conversación con el mensajero y su mente llevaba ocupada desde entonces.

Cuando el discurso acabó, estaba claro que había pensado en mandarla a Italia y casarla con alguien del gremio a costa de perder el control de Florencia pero mantener sus asuntos en París. Su hermano fruncía el ceño ante la otra sugerencia, de que podía marchar hacia Florencia con su familia y establecerse allí para retomar los asuntos de su tío.
No necesito de un marido que me diga cómo ocuparme del negocio, lo hago casi tan bien como vos, padre.
Las palabras de la joven produjeron un denso silencio. El de su hermano, porque aunque no tenía ni idea de si aquello era cierto, consideraba que abrir la boca atraería la atención hacia él. El de su padre porque aunque sabía que era una chica inteligente, una mujer y además tan joven no podía llevar a buen puerto una responsabilidad tan grande… y a veces no por sí misma, sino por los buitres con los que se encontraría en el camino.
–No hija, no quiera Dios que las mujeres además de parir y ocuparos de la casa, tengáis también que preocuparos de todo lo que sucede fuera de ella.
–Te he visto hacer tu trabajo incontables veces, recibir a duques, condes e incluso reyes, sé las condiciones de los préstamos y cómo ser cauta con ellos para no acabar en bancarrota, he repasado tus libros de cuentas y te aconsejé llevar dos al mismo tiempo a la nueva manera florentina…
–Basta.
–Conozco todas las monedas de Europa y sé distinguir falsas de verdaderas sin llegar a pesarlas, las mercancías que elijo resultan ser las que tus clientes prefieren; sé hacer letras de cambio y…
–¡Basta!
Piero estaba completamente anonadado por tal explosivo despliegue de orgullo y autoridad. A decir verdad, ni siquiera se hubiese imaginado que Violante conociese todas esas cosas hasta que ahora las había mencionado todas juntas. Aunque algo había hecho “click” en su cabeza, negó tozudamente mientras buscaba alguna forma de alcanzar un terreno menos movedizo.
–Irás a Italia y te casarás. Mientras estés casada no me importa quién se ocupe del negocio si tú o tu marido, pero si de verdad piensas que el gremio acatará órdenes de una niña de dieciséis años…
–Diecisiete, padre-, respondió ella con una sonrisa triunfal.

 
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Publicado por en 27 octubre, 2013 en Mis Personajes, Renacimiento

 

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Interludio III: Simulacro

 

El agua miró hacia arriba. Buscó sus labios tan humanos, sus ojos, tan vivos; sus palabras tan reales y tan hirientes que blandamente la rozaban con su aliento. Sus lágrimas la alancearon con cada gota que se clavaba en su superficie, especialmente inquinas porque sabían a felicidad.
No era ese tipo de felicidad ideal, sin límites. Era una felicidad profundamente humana, como toda ella. Esa que, aun confesándose desdichada, la hacía parecer más viva de lo que un reflejo cristalino podría ser nunca. Esa que puede ser herida, que puede ser tocada, que puede amar y ser amada. Una chiquilla a corazón descubierto y a lágrima viva, que desintegraba cada molécula perfecta de agua hasta convertirla en una sombra. Un simulacro.

¿No debería ser el agua lo más puro y el ser humano lo más sucio? Solo la genialidad sabe juntar un millón de colores de forma que creen una obra maestra y no un estúpido intento de expresionismo abstracto. Pero a veces, ocurre.
Entonces de nada sirve la obra, solo la mano que perecedera, ha dejado la impronta en el lienzo. Una impronta, o un reflejo.

Ese Reflejo tan hermoso y tan vacío del Yo creado a través de unas pinceladas de agua por las que la luz pasa sin detenerse.

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The water looked up. It searched for her lips, so human, her eyes, so vivid; her words, so real and so hurtful, brushing it mildly with her breath. Her tears speared it with every drop that fell upon its surface, especially wicked because they tasted like happiness.
It wasn’t that kind of ideal happiness without limits. It was a profoundly human happiness, like the rest of her. The one that, even confessing to be sad, made ​​her appear more alive than a crystalline reflection could ever be. The one that can be hurt, that can be touched, that can love and be loved.
She was a little girl, with her heart open and her eyes weeping, but she was dissintegrating each perfect molecule of water until it turned into a shadow. A simulacrum.

Shouldn’t be the water the most pure of things and the humans just dirt in comparison? Only genius can pour together a million colours to create a masterpiece and not a stupid attempt of abstract expressionism. But sometimes, it happens. And then the work means nothing compared to the hand that left the mark behind. A mark… or a reflection.

That Reflection so beautiful and so empty of the Ego created with a few touches of water, through which the light passes without stopping.

 
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Publicado por en 17 junio, 2012 en Reflexiones

 

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Kyu

―¿Eso es todo?
―¿Cómo que “eso es todo”? ―dijo ella mientras manoseaba la consola de la nave. Su pelo ligeramente enmarañado le tapaba un ojo, pero el otro se mantenía clavado en su interlocutor con el ceño fruncido.
―¡La piloto de la Leviatán! Sonaba más imponente antes de verte salir por la escotilla. ¿Cuántos años tienes?
Un sonoro bufido fue la primera respuesta. La segunda tardó un poco más, hasta que el droide astromecánico de serie R2 dejó de dar vueltas alrededor de la nave y soltó un pitido de satisfacción.
―Los suficientes como para saber usar un blaster. Y una nave. ¿De verdad que imponente y mi YT-1500 son dos palabras que pueden ir juntas?
El mecánico rebelde la miró con incredulidad por un momento, intentando recordar que parecía tener quince años. Después no pudo menos que echarse a reír.
―En eso tienes razón. Deberías…
Una mano posándose sobre su hombro le cortó el discurso a tiempo. Era un chico alto y moreno, con el flequillo largo y los ojos claros y sonrientes. Iba vestido de piloto de caza pero tendría pocos años más que ella.
―Deberías seguir trabajando, no quiero morir porque se te haya olvidado revisar mi nave, ¿eh? Esa de allí.
Había sido poco sutil, pero resultó efectivo.
―¿Tú eres el de las bienvenidas amables? ―preguntó ella una vez que se quedaron solos, esbozando una amplia sonrisa en unos rasgos que parecían hechos para ser alegres.
―¡O eso o me he tomado en serio al wookiee que te acompaña!
―¡Deberías! Ese peluche se cree que soy su mascota. A nadie le gusta que toquen a su mascota.
Las carcajadas les acompañaron fuera del hangar casi sin darse cuenta de que estaban caminando juntos como viejos conocidos y solo se habían encontrado hace cinco minutos. La evidencia creció pocos pasos más allá.
―Oye, ¿cómo te llamas?
―Kyu. Bueno, viene de Kyura, pero suena demasiado formal así que no me gusta.
―Kyura ―repitió―. Yo soy Skale.
―¿Pero no te acabo de decir que no…?
―¿Tengo que invitarte a algo por las molestias?
La sonrisa era angelical, los ojos brillaron divertidos mientras ella arqueaba una ceja y metía las manos en unos de los muchos bolsillos de sus pantalones. Resultaba útil para guardar cantidades de cosas sin sentido aparente como dados, caramelos, una cuerda, un par de guijarros, e incluso a veces una pequeña rata de la que se había encariñado y que le había roído ya más de uno y más de dos pantalones.
―Es posible que te ganes un par de enemigos, pero no es mi problema ―respondió socarrona mientras se encogía de hombros, observando a lo lejos cómo el cathar y el wookiee se lanzaban una mirada interrogante a su respecto.
―Tengo que irme dentro de un rato a entrenar, no creo que les dé tiempo a cazarme. ―La pausa duró solo unos segundos― ¿Cómo acabaste siendo cazarrecompensas?
―Serlo me salvó una vez la vida… y las 154 veces siguientes la puso en peligro. Al final te encariñas con la tripulación y con el dinero que te pagan. Cuando mi hermano murió ellos pasaron a ser algo así como de la familia. Supongo que además, me lo paso bien.
―Suena razonable.
―Suena de todo menos razonable ―replicó ella con una sonrisa mientras se sentaba en la barra.

 
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Publicado por en 12 junio, 2012 en Mis Personajes

 

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24122011

El alma de nuestra orden es de piedra, una fría y dura tumba de piedra donde nos cobijamos para venerar a nuestros héroes. Tres son los líderes y mentores: el joven encarna el entusiasmo y la vitalidad, la anciana, la sabiduría y experiencia, el oculto, lo inescrutable. Hay quien dice que es una figura vacante o que podría ser cualquiera de nosotros.

La chica que me acompaña es una agraciada, pertenece a la estirpe de los héroes. Su hermano es esa figura de cabellos dorados y ojos de un azul intenso que ocupa el segundo lugar en el altar de los héroes. Pero a la vez sufre un destino terrible: su hermano ha sido capturado por nuestros enemigos y quién sabe qué ambición les inspirará. En cualquier caso se nos ha prohibido involucrarnos pero ambas tenemos en común una cosa: lo haremos.

Nuestra maestra se aleja después del aviso y en dirección de su estela percibimos durante un fragmento de segundo una aparición desconcertante. ¿Acaso no es él quien me lanza una vaga mirada desde uno de los pasillos laterales antes de desaparecer? Veo, ante la desarmada expresión de ella, que ha pensado y visto lo mismo que yo. Estaba escoltado por dos hombres con túnica y nada en ellos parecería una fuente de sospechas si no fuese porque pocas cosas ocurren con tan solo desearlo.

Aceleramos el paso, nos fundimos con la penumbra y el silencio de los rincones donde aún se huele el eco desconcertante de unas pisadas. Extremar la precaución no resulta en vano cuando cruzar o no una esquina supone la frontera entre la victoria o la derrota. Algo hay de estático y malsano en la escena que presenciamos por el rabillo del muro… unos ojos suplicantes y una boca prisionera resultan lo más llamativo de un cuadro tan patético. Su hermano yace en el suelo ensimismado por las manos que se adentran en su pecho. Un ídolo caído, roto y desmadejado. Nada que pueda servirnos de ayuda, pero afortunadamente, no lo único.

Cabalgo la ira hasta que ella me posee a mí y no al contrario. Dejo de reconocer mis capacidades físicas, tan ajenas pero a la vez tan propias como cuando te tocas una mano sin circulación y parece de otro. En este caso la fuerza no se corresponde, la velocidad me excita, el poder desborda con el primer zarpazo y el primer muerto. Caen, huyen o se aterrorizan mientras me abalanzo sobre ellos con un rugido feral. Pronto todo habrá acabado.

 
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Publicado por en 30 enero, 2012 en Oniros

 

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