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Archivos Mensuales: julio 2011

Dark Nyrina

La noche espesa como la tinta desteñía el horizonte, desplegando su sábana sobre las planicies que se veían a lo lejos. A cientos de metros de altura sobre ellas, una figura solitaria sentada ante una hoguera mataba el tiempo tallando una pequeña estatuilla en hueso. Se trataba de un hombre adusto, absorto en aquel trabajo, aunque por su apariencia no parecía un artesano sino más bien un guerrero cuyo cuerpo estaba forjado en la batalla. Se cubría con pieles, y pocos enseres le acompañaban. Restos de una comida en soledad no explicaron el sonido de una voz femenina, susurrante y aterciopelada, que se coló en sus oídos.
– En marcha, se nos hace tarde.

El hombre sobresaltado alzó la mirada y se tropezó con Nyrina. No la había escuchado salir de la cueva, ni llegar hasta su lado y encaramarse a la enorme roca que avanzaba sin miedo hacia el precipicio. Su silueta de espaldas sólo le dejaba ver el movimiento del cabello negro y lacio, interminable, que mecían las corrientes de viento. La capa se mantenía estoicamente en su sitio y la espada en el costado sobresalía desafiante a la espera de órdenes de su dueña. Esa espada inquietaba a Raitz, pues el destello del rubí en su empuñadura, el hecho de que le hubiese dado un nombre, apuntaba a algún tipo de magia. Quizá estuviese viva de alguna forma… y eso le ponía nervioso; todavía no sabía qué esperarse de aquella mujer aunque llevasen varias semanas de viaje. No podía olvidar el hecho de que su primer encuentro se había saldado con la muerte de cinco de sus compañeros, todos atravesados por la furia del mismo acero.

– Estoy listo.
Raitz se puso en pie y guardó los restos de comida a sabiendas de que no eran del interés de Nyrina. Después de acabar con la hoguera ambos echaron a andar; tardarían un día más en llegar a su destino inmediato, allá al pie de las montañas y en la entrada del bosque, en una pequeña ciudad que poseía algo fundamental para Nyrina: su biblioteca.
– Recuérdamelo, ¿qué vas a buscar en esa biblioteca que tanto necesita mi señor?
Unos ojos azules, oscuros y profundos, se clavaron en él agarrándole las entrañas y dejándole el corazón en un puño. Tenían un brillo sobrenatural; no creía que se pudiese acostumbrar nunca a que le mirase de aquella forma.
– Me refiero a que… -se apresuró a matizar-¿acaso los libros van a servir de algo en esta guerra que se viene encima?
– Te diría que esos libros son el epicentro de la guerra, pero no creo que veas más allá de la punta de tu espada.
– Prefiero mis garras-, respondió él con una sonrisa burlona.
Nyrina suspiró.
– Recuérdamelo… ¿por qué demonios estoy viajando con un hombre lobo en lugar de matarlo e ime por mi cuenta?
– Me necesitas para guiarte hacia las Ciudades Cripta. Y una vez allí combatiremos mano a mano por esos libros si quieres, contra los ejércitos del que se hace llamar dios. Cuando sangre, entenderá que los dioses también pueden morir.
Un silencio se instauró entre ambos, mientras marchaban a buen paso. De pronto Nyrina se detuvo.
– ¿Qué sacas de todo esto? ¿acaso eres un perro sumiso que hace lo que le manda su amo?
El salvaje apretó la barbilla y su perfil se dibujó más orgulloso y altivo que nunca.
– No tengo amo. No quiero morir viejo, en un lecho de muerte, mientras me limpian la baba. Moriré peleando. No se me ocurre mejor lugar que en el campo de batalla, y seré recordado por los míos como un antepasado que luchó con honor.
Una risa flotó en el aire. Contenía desprecio y admiración, contenía siglos y siglos de polvo y sangre. Nyrina volvió a andar y la piel marmórea de su rostro relució más blanca que nunca durante un momento antes de que la cubriese con una amplia capucha.

– En la guerra no hay honor, solo muerte. Al menos tendrás algo de lo que pides.

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Publicado por en 12 julio, 2011 en Mis Personajes

 

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Interludio II: Pluie

 

En su cabeza, gotas de música resbalaban y limpiaban de suciedad sus pensamientos, mientras allí fuera, las notas del piano repiqueteaban contra el cristal.
El calor había huido hacia tiempos mejores y ningún recuerdo se personó a la cita. Podía bailar tranquila con su reflejo sin moverse de las sábanas, porque su pequeño guardián peludo vigilaría desde algún lugar de la casa.

Aprovechó entonces para escalar la distancia hacia otros mundos; quería abandonar el suyo, de puntillas, esperando que nadie notase la ausencia. Llamó a las puertas de Fantasía y de la Arcadia; deseó tanto que existieran… pero nadie respondió y la puerta permaneció cerrada.

Los fotogramas de sueños que no iba a poder recordar aceleraron el ritmo de sus pestañas durante horas o minutos; daba igual, pues el único testigo del tiempo era un reloj mentiroso y el sol en el exilio. Y es que cuando se levantó, las nubes habían bajado la persiana dando otro sentido al término Amanecer.

Zumo de naranja, un periódico arrugado, pies descalzos, una taza de té, un ordenador protestando por las horas extra. En este ocaso de la civilización, cualquier cosa recordaba más al amanecer que un sol naciente.

Y consciente de que era en sí misma una contradicción, se dispuso a construir un mundo que le diese cobijo, a partir de los fragmentos de sus sueños.

 
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Publicado por en 8 julio, 2011 en Reflexiones

 

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Sharede d’Alençon

Cuando abrió la puerta de entrada, recordó vagamente aquella casa. Era un refugio señorial que presumía de tener entre sus muros los mejores ejemplos que hubiese en París de muebles italianos, el gusto algo decadente de las filigranas de Murano, y las maderas nobles y oscuras propias de un señor feudal. Mientras se sentaba a la mesa para esperar al dueño de la casa y disculpar la intromisión, Sharede intentó recordar algo sobre su identidad, pero los pensamientos no hacían más que escurrirse y huir de entre sus manos.

El silencio era paciente y frustrante, la mente que había dejado en blanco fue de pronto asaltada por un grito infantil salpicando el aire. Era un grito reconocible que hizo a su corazón saltar en el pecho. Era… una niña súbitamente asustada por los golpes que habían empezado a sonar desde el exterior. Sus ocho años congelados en unos ojos oscuros observaban temblar la fuerte hoja de madera que no resistiría mucho tiempo más el acoso de los normandos. Pronto se astillaría, y tenía que huir, huir con la niña y con su hermano; sacarles de allí.

Sharede dio un salto hacia la puerta pero la pequeña desapareció y llamarla por su nombre resultó en vano. En su lugar, se encontraba ahora frente a una galería que rodeaba un patio, lejos ya del ruido del acero que había dejado atrás. Los grillos y algún pájaro nocturno se deleitaban con su protagonismo en la noche recién nacida, pero la calma era engañosa, ella lo sabía ahora que sus ojos percibían bien la sombra que se cernía sobre aquel jardín. El problema era que su yo, esa joven que estaba cruzando el patio despreocupadamente, no tenía ni idea de que cada paso que daba la acercaba a la condenación eterna.

– ¡Detente! ¡¡No le escuches!!

Por un instante creyó que lo había conseguido; la joven volvió el rostro hacia ella pero sencillamente entrecerró los ojos un momento y apretó el paso. Se precipitaba directamente en las fauces de su depredador, de aquel monje que le vendió a su hermano a cambio de su alma, de su vida y de su sangre.

Llorando a lágrima viva, Sharede marchó dejando a su joven presencia a merced del destino inexorable. Abrió otra puerta y después la interpuso entre el dolor y ella, esperando obtener cierta paz en alguna habitación de aquella casa.
Se sentó en las escaleras. Empezaba a escuchar el suave susurro de los bordes de un vestido por el pasillo. Esta vez contempló acercarse a una mujer ya marcada por los siglos de culpa y oraciones. Se sorprendió recorriendo su propio aspecto como delante de un espejo, ese objeto que a los Lasombra les estaba prohibido. Dios mío, había olvidado las pequeñas pecas que invadían sus mejillas, el color de sus labios o la penetrante mirada. Casi sintió ganas de reír cuando se descubrió intimidada por sus propios ojos; pero tenía miedo de que pudiese escucharla, y quería saber a dónde iba.

La mujer se detuvo no mucho más allá, mientras abría una puerta. Esa pequeña capilla que se ofreció a su vista le devolvió todos los recuerdos y rompió los diques de su mente. No, no era cualquier refugio, estaba en la casa de Angelo… y mientras no se daba cuenta, había dejado de ser una elegante mansión para convertirse en un refugio claustrofóbico y polvoriento. Las cortinas aparecían deshilachadas y su color rojo raído, las baldosas estaban sueltas aquí y allá, la madera infestada de carcoma parecía haberse contagiado de los años de su propietario. Angelo, el mismo que caminaba más silencioso que un gato hasta las espaldas de su otra yo.

– Sharede…
Pudo notar el estremecimiento de ella como si estuviese alojado en su propio cuerpo, y vio impotente cómo se daba la vuelta y ambos se enfrentaban cara a cara. El veneciano lejos de asaltarla con reproches, como había hecho la última vez que estuvo allí, dio un paso demasiado largo y quedó a la distancia del suspirar.
– Te quiero.
Sus dedos revolotearon por aquella mejilla inmune al rubor, acariciando la piel y atreviéndose a buscar su boca. Con un gesto de guerrero, de mercenario que acomete una embestida, el Lasombra se fundió con ella en un beso sugerido por sus cabellos entrelazados: los de él negros y ásperos, los de ella esponjosos y suaves.

Un gemido ahogado recorrió la habitación cuando el puñal se clavó en su pecho.

Y Sharede despertó.

 
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Publicado por en 6 julio, 2011 en Mis Personajes

 

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Ixy

Todo empieza y acaba siempre en un espejo. Todos mis días me levanto o me acuesto mirando ese reflejo para recordar quién soy, o al menos para recordar quién los demás piensan que soy.

Ahora mismo me devuelven la mirada unos preciosos ojos violetas, que es posible que fuesen el motivo que me llevó a poseer ese cuerpo. Pero no sólo. Soy una chica joven… no mucho, no quiero dar la sensación de una novata en la agencia, pero lo suficiente como para tener una forma física perfecta, incluso diría que demasiado desarrollada.  Los brazos musculosos y el pelo negro y corto dan un aspecto de chicazo, aunque afortunadamente me procuré un rostro bonito y femenino que sirve su cometido. Sonrío para probarlo, y los dientes prístinos contrastan con la piel oscura. Mientras tanto me voy poniendo una camiseta sin mangas y pantalones cómodos, me ajusto el cinturón y poco a poco la sonrisa se borra de mi cara, eso me confiesa el espejo. A veces pienso que él sabe más de mí que yo mismo… sí, digo “yo mismo” porque tengo la manía de referirme a mí en masculino, y el germen de esa manía es lo que me ha borrado la sonrisa.

Explicado en más palabras, podría decirse que soy un instrumento de mi lugar de trabajo y a la vez funciono bien como motor. La gente se aparta cuando me ve por el pasillo y en sus ojos percibo miedo y respeto, y me hace gracia todo ese abanico de sentimientos que les provoca no saber exactamente de qué soy capaz.
Este de aquí prevé el futuro, aquel convierte su piel en roca y el otro hasta puede hacerse invisible. Todos captados rápidamente por la compañía después de una oferta de trabajo imposible de rechazar. ¿Pero yo? No muestro nada más que entrenamiento espartano y resistencia mental extrema, y a pesar de todo pueden oler que soy la hija adoptiva de este lugar y que me tratan como un arma nueva recién cargada, esa que apena sacarla del estuche porque necesitas limpiarla y mimarla bien para que vuelva a quedar como nueva.

Todavía recuerdo cuando vomité mi última identidad. Verle allí tirado en el suelo casi me dio pena, pero llevaba demasiados cambios como para sentirlo como si fuese mi propia muerte. No, yo ya era otra persona, o más bien un parásito metido dentro de la apariencia de otra persona, y además me gustaba el cambio. Ese es el problema, cuando te gusta tanto tu nuevo aspecto que después de un tiempo acabas por pensar que realmente eres tú, le coges cariño, y entonces tienes que dejar de serlo. Puede que sea eso lo que me pasa ahora, pero mientras ellos no lo sepan, podré seguir usando estos ojos violetas para tumbar la fuerza de voluntad de cualquiera, y mi cuerpo para correr kilómetros sin cansarme.

Por fin dejo de dar vueltas como un animal enjaulado y encierro mis pensamientos para poder encararme a los nuevos expedientes. Sí, estos son los chicos que me acompañan en la próxima misión, todos verdes y muchos caerán, pero es lo que tiene creerse Dios y ser sólamente su carne de cañón.

–Me llaman Ixy. Seré vuestra superior a partir de ahora, cualquier cosa que penséis o queráis decidir tendrá que pasar por mí primero, ¿entendido? Ahora vayamos al grano…

Y sonrío flexionando mis músculos. Empieza lo interesante.

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For me, everything always starts and ends on a mirror. Every day after waking up or before going to bed I look at that reflection to remember who I am, or at least who they think I am.

Right now a pair of beautiful purple eyes stares back at me, possibly the reason why I took this body. But not only. I am a young girl… not too much -I don’t want to give the impression of inexperience- but enough to have a perfect figure. Muscular arms, short and black hair which gives me a boyish look, and a pretty face… always a useful weapon. I smile to try it out, and the pristine teeth contrast with the dark skin. Meanwhile, I get dressed with a simple top and some comfortable trousers, and the smile fades slowly away, or so the mirror says. Sometimes, I think it knows more about me than myself.

How could I explain it better…? Let’s say I am a tool in my workplace and I can be a good engine. People get out of my way when they see me crossing the hallway, and I perceive fear and respect. I find funny how many feelings can provoke in them not being too sure of what I am capable of. This one here can see the future, that one turns his skin into solid rock, and she becomes invisible. All of them quickly hired by the company. But me? I don’t show anything but strict training and an extreme mental resistance. Still, they can smell that I am like an adoptive daughter in this place, like a new loaded gun that you keep in a case so it won’t get dirty.

I still remember when I threw up my last identity. Seeing him there lying on the floor almost made me feel sorry, but I had experienced too many switches to feel it like my own death. No, I already was another person, or maybe a parasite inside somebody; and I liked the change.
That’s the problem, when you like your new appearance so much that after some time you start to think it’s really you, you get attached, and then you have to stop. Maybe that’s what happens to me now, but while they don’t know about it I will be able to use these lovely violet eyes and this trained body for my personal enjoyment.

I stop turning around like a caged animal and I lock up my thoughts to go through the new files. Yes, these are the boys that will accompany me in the next mission, all green and a lot will fall, but that’s what happens when you think you’re God and you’re only cannon fodder.

“My name is Ixy. I’ll be your supervisor from now on. Everything you think or do will have to pass my approval first, is that clear? Now let’s go straight to the point…”

And I flex my muscles, smiling. Now the interesting part begins.

 
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Publicado por en 5 julio, 2011 en Mis Personajes

 

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Interludio

 

Se dio un golpe sonoro con la palma de la mano en la frente. Aquella frase garabateada en el papel la estaba volviendo loca. Carpe diem, aprovecha el momento… la había oído en un extracto en Youtube del Club de los poetas muertos, una peli que ni siquiera le parecía buena, pero había revivido en ella la angustia vital contraria al mandamiento latino.

Era curioso, cómo cuanto más aprendía de la vida más imposible le parecía acatar esa supuesta sabiduría. Entonces, ¿es que la frase estaba dirigida a necios que disfrutan sin preocuparse? ¿O es que pese a todo en lo que creía que se había convertido, todavía le faltaba aprender a vivir?

Con rabia cogió la goma y borró sus palabras de lápiz. Poco a poco empezaba a entender: es de estas cosas que algunas personas hacen naturalmente, afortunadas ellas, y las demás no las entienden hasta que es demasiado tarde. Entonces sólo pueden darse la vuelta para advertir a los que aún están de camino, que convenientemente lo ignorarán. Ley de vida.

Lo que es más frustrante de todo este asunto  es llegar al punto en el que aprendes que hay cosas que no puedes aprender, aunque las entiendas.

 
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Publicado por en 2 julio, 2011 en Reflexiones

 

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