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Archivos Mensuales: septiembre 2011

Experimento

Estás en casa y cierras los ojos. Sientes entonces la imperiosa necesidad de tumbarte, sentarte, o hacer algo que no implique romperte la crisma contra alguna esquina. Así en la cama degustas con satisfacción tu idea los primeros momentos, pero solo los primeros. Te empiezas a aburrir y los minutos se estiran como un gato perezoso pero de forma mucho más irritante.
Te parece interesante cualquier sonido que te rodee. Llega a tus oídos la airada discusión de los vecinos desde el patio, y el ronroneo del ordenador en la habitación de al lado. Estás realmente aburrido, y pretendes quedarte dormido para solucionarlo, pero es jodidamente difícil. No tienes una pizca de sueño, ni siquiera puedes mirar al techo, y en general prefieres pensar con los ojos abiertos aunque sea en la oscuridad.
Un ruido te sobresalta, ha llegado alguien a tu casa, pero no quieres romper el experimento, así que te haces el dormido. Esperas, y escuchas cómo evidentemente por las horas que son, se acerca a tu puerta y se asoma sin demasiadas precauciones. Pero entonces te ve ahí, tirado en la cama y en posición fetal, y te puedes imaginar su cara de “ups, vaya” mientras retrocede poniendo cuidado pero igual de silencioso que un elefante en una cacharrería. Al menos, cierra la puerta, y te deja a lo tuyo durante un buen rato, hasta que te cansas.

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Sales a la calle. Odias vivir en una gran ciudad y tener que aguantar tanta humanidad concentrada en el metro. El problema no es la gran ciudad, es la gente. Aquella de allí se pone a maquillarse pervirtiendo la propia esencia de la intimidad, suya y de los demás, que tienen que aguantarla. Todos miran al infinito como si intentasen ignorar que hay veinte personas a su alrededor, pero en realidad todo el mundo echa miraditas de reojo cuando alguien se sale de la norma o se comporta de forma extraña, así que en el fondo no te están ignorando, están a la espera de algo morboso.
No aguantas más y decides ponerte el mp3, aunque es cierto que odias a la gente que lo lleva puesto como si la realidad no fuese lo bastante buena, que no lo es, pero tú estás en ella. Claro que tú haces lo mismo, y de hecho empiezas a sentirte mucho mejor a partir de los primeros acordes. Mucho, mucho mejor.
Te olvidas de ellos y ellas, te pones a pensar en tus cosas. Sales del metro, como diría aquel, creyéndote en un videoclip, y subes las escaleras con un contoneo de caderas que te parece soberbio. La imaginación vuela, lejos del ruido de los coches, de las conversaciones estridentes, del ultimatum del semáforo. Estás allí pero no estás, y por eso logras empezar el día con buen pie.

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Al final siempre se dice que la vista es el sentido más completo, pero el oído es quien decide si conectarnos o no a la realidad, y si nos deja que nuestra imaginación eche a volar.

 
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Publicado por en 15 septiembre, 2011 en Reflexiones

 

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