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Archivos Mensuales: octubre 2011

Panem et circenses

Mi mal humor era creciente después de que volviese a ver la cara a aquel esclavo mensajero. Empezaba a pensar que mi estancia se vería más accidentada de lo previsto y que la hospitalidad romana era mera palabrería.
–Habla–, ordené al notar su vacilación.
–Mi señor ha cambiado de planes. Ha decidido asistir a las exhibiciones de animales salvajes en el Circo y en la casa solo quedan los criados. Me ha pedido que te guíe hasta él.
Dejando mi cansancio patente, solo pude insistir.
–¿Qué hay de tu señora, no puede ella recibirme? He hecho un largo viaje y no tengo ahora la mente para espectáculos.
Entonces me miró extrañado.
–Hoy se celebran las Veneralia en honor de Venus, la que transforma los corazones. Es una fiesta que ninguna mujer se perdería.
Olvidaba que en Roma se tomaban todas las fiestas a pecho. En las provincias sin embargo, no teníamos tanto tiempo que perder en celebraciones; había demasiado trabajo. Con un gesto resignado, claudiqué.
–Vayamos al Circo entonces.

Tenía que reconocer que no era la mayor tortura que mi mente podía imaginar. Nuestros pasos abandonaron la vía Flaminia e invadieron el que llamaban Campo de Marte.
El volumen de edificios empezó pronto a abrumarme, pasando de la explanada que usaban los militares para hacer maniobras a los templos de Apolo sanador, de Marte el guerrero mirando impaciente al altar de la paz que Augusto había erigido allí, con el mármol más impoluto y los colores más puros. Y todo ello orquestado por la sombra del tiempo, la sombra del obelisco que recordaba las horas a los hombres.
Impresionado, me quedé un momento observando el reloj solar como si creyese que soltándola del control de mi mirada, la oscuridad se movería demasiado rápido. Pero la eternidad no tenía prisa y me ignoró desdeñosa. Como desdeñoso parecía el esclavo, demasiado acostumbrado a desenvolverse sin prestar atención a cada detalle. Pobre bestia.
No tuve que preguntar cuándo llegaríamos, el Circo hablaba de sí mismo con soltura y soberbia, y con el carisma de los buenos comerciantes. Allí desde lejos su silueta era la de un gigante dormido que se ha llenado de miles de parásitos diminutos creando un zumbido a su alrededor, como moscas fascinadas por la luz de una vela. Yo también estaba fascinado, y mi mente parecía releer los escritos de Dionisio de Halicarnaso cuando elevaba el Circo a una de las estructuras más admirables de Roma. En cuestiones de gusto, los griegos realmente tenían la última palabra.
–Como decimos nosotros, aquí no se sabe si es más fácil perder los sestercios por propia voluntad o ajena.

El esclavo me advirtió malicioso y condescendiente, suponiendo que un extranjero nada sabría de cautela. O quizás lo dijo por la nube de vendedores en la que nos vimos sumergidos en un abrir y cerrar de ojos. El olor del pan recién hecho avivó mis sentidos adormecidos, mientras las meretrices enseñaban la carne. Unos y otras danzaban por aquel escenario de tabernas de madera entre las que era difícil discernir una entrada. Pero la había.
Abandonado el caballo a buen recaudo, las angostas escaleras eran la única forma que el esclavo me aseguró que nos daría acceso a la tribuna. El silencio entre paredes se propició hasta llegar a la cúspide, donde los sonidos se magnificaron como si emergiese de los mismísimos infiernos para redescubrir lo ruidosos que eran los mortales.
Mis ojos dieron una vuelta a la arena más rápidamente de lo que lo haría ningún auriga, hasta que tropezaron con un animal que me provocó gran impresión. ¿Es que acaso lo habrían deformado para exhibirlo en público? No, no era posible. Su cuello se levantaba varios pies por encima de su cuerpo, lleno de manchas propias de los leopardos que ya había visto alguna vez. Parecía un ejemplar digno del estrambótico panteón egipcio, donde sus dioses se complacían apareándose con animales y acababan siendo una mezcla de ambos.

–Es una jirafa.
Cuando mi protector habló, logré salir de mi ensimismamiento.
–Salve, Gayo Aurelio.
–Siéntate, siéntate.

 
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Publicado por en 20 octubre, 2011 en Roma Imperial

 

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¿Quién dijo que eran siete?

Calendas del mes de abril, 863 ab urbe condita (109 d.C.)

Muchos días llevaba achicando las millas de la vía Flaminia, en pos de la hermosa reina que decían bebía de las orillas del Tíber. Los campos me resultaban ya monótonos en mi impaciencia, aunque agradecía a los agricultores su labor llevándome alguna de sus fresas a la boca cuando no había ojos indiscretos.
Apenas fui consciente de que el paisaje estaba cambiando, hasta que la calzada resultó ser significativamente más ancha, estaba más desgastada, y los viajantes, soldados y mercaderes se disputaban el espacio para no acabar en la cuneta con sus respectivos enseres. Poco a poco la vía se estaba reconciliando con el río y casi se entrelazaban la una con el otro como viejos amantes, logrando en el último momento mantener las distancias y vigilarse de cerca. Entonces alcé mi mirada hacia el horizonte y me di de bruces con los primeros signos de civilización.

Aquí y allá empezaba a florecer con asiduidad el atrevimiento de algunas villas suburbanas que dudaban entre la lealtad a la ciudad o al campo. El clima era ligeramente más húmedo, lo que se percibía en esa liviana bruma que desdibujaba los contornos a distancia. Tal y como me habían dicho, Roma se asentaba en un terreno propio de marismas, desafiando a la naturaleza con sus orgullosas construcciones; pero desde allí todavía existía la frontera de sepulcros y jardines que la rodeaba como un cinturón, dejando entrever parte ínfima de su grandeza.

Me habían informado de que el primer monte que vería sería el que llamaban Pincio, y así fue como lo reconocí, cuando en sus faldas uno tras otro se sucedieron los jardines de las grandes familias romanas: los horti Sallustiani, los de la familia de Luculo, y otros tantos de los que no llegaba a acordarme. En medio de la vegetación y aunque mis ojos no alcanzasen a percibirlo, sabía que estaban sus mansiones de recreo donde se entregaban a los placeres que su clase permitía cuando las actividades políticas les daban un respiro. Ah, aquella vida era la que todos los demás romanos ansiaban y temían, pero sobre todo veían inalcanzable desde sus modestas ínsulas.

–¿Sabes dónde puedo encontrar el mausoleo de Augusto?

Mi voz surgió rasposa después de tantos días sin apenas cruzar una palabra. Me dirigí al primer hombre que me pareció en verdad romano y que por tanto sabría indicarme, y no me confundí.

–Está a poco más de dos estadios de aquí, al borde del río.
–Gracias y buen camino.

Qué era esa distancia cuando había recorrido toda Italia para llegar. Las emociones me desbordaban del pecho y cabalgaban por mí varios metros por delante. Así fue como observé la tumba del divino Augusto, del divino Tiberio, de la matrona Livia, y otras tantas grandes figuras cuyas cenizas habían sido allí guardadas de la bajeza humana. Así la espera se deshizo en el aire como las chispas de una pira funeraria, mientras se consumen los cuerpos. Pronto llegaría mi contacto si el mensajero había dicho verdad, y para ser sinceros, tampoco me importaba esperar algún tiempo y paladear las vistas sobre las ¿qué digo siete? nueve o diez colinas de Roma, que no se conformaría con menos.

 
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Publicado por en 17 octubre, 2011 en Roma Imperial

 

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Eira Ní Sirideáin

IX

“Sometimes questions are more important than answers.”

The child stared at her, deeply impressed. She was red haired, just like herself, but her hair was longer and wavy, her eyes were smiling, and her hands were warm and motherly.
“Eira, this is Maegan.”
His father avoided saying a word about their relationship, but Eira was aware of a lot of things adults wouldn’t tell her.
“And this is our new home.”
The house was magnificent, next to the sea, surrounded by dense vegetation and dizzy cliffs where waves collided without rest. He wanted to celebrate his promotion in the company and the fact that now he was gaining a huge amount of money. It was a good way, after all; better than a terraced house in the suburbs with an insipid swimming pool.
Her new bedroom was full of wooden furniture and joists that gave a particular smell, ancient and enchanting, to the place. The canopy bed emphasized this sensation of being in a seignorial manor in the middle of the forest.

“Would you come with me?” said suddenly Maegan holding out her hand to the child.”I would like to show you this little cove we have down there, and you can even swim if you want.”
“I don’t think she should…”
“Come on, Brennan, you don’t pretend to have your daughter locked in here all the time.
The discussion was soon over and the girl and the woman went to the seaside where no one else would come. But when she was half immersed in the water, Eira saw something moving between her feet; it was like a little silvery child curled up and looking at her with enigmatic silver eyes.
“What… are you?”
“I could say the same thing” protested the creature, touching her legs with a slippery skin.
“I’m… I’m Eira Ní Sirideáin.”
“Really?” He snorted with a strange smile. “The last time I talked to you, you had a different name.”
“I hope at least that time you DID answer my questions… come here!”
She tried to catch him
, but saw two hands standing in her way.
“There you are.”
Maegan placed a rare and pearly shell into her hands.
“It is said that if you put your ear near it, you will be able to hear the ocean talking.”
“Oh, I’ve already heard him, and he is very rude.”

 
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Publicado por en 11 octubre, 2011 en Mis Personajes

 

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03102011

Se está haciendo el interesante, pero en el fondo tiene su encanto.
Así que decirnos cómo somos sin conocernos, ¿eh? Mi mirada mezclaba socarronería y cierta soberbia, y ese perfume llegó rápidamente a sus ojos, que se volvieron atraídos hacia mí.

– Tienes ganas de que te diga lo que pienso de ti.
– Puede.
Entonces soltó la bomba.
– Tú eres una mentirosa.
– ¿Eso es bueno o malo?
Había sido un contraataque espontáneo y eficaz. Mientras jugábamos con las intenciones, los demás soltaban risitas nerviosas, creyendo ver un combate muy diferente al que realmente se estaba desarrollando bajo cuerda.
– Dímelo a mí, que me lo han llamado muchas veces.
– Entonces me lo tomaré como un cumplido.

 
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Publicado por en 3 octubre, 2011 en Oniros

 

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