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¿Quién dijo que eran siete?

17 Oct

Calendas del mes de abril, 863 ab urbe condita (109 d.C.)

Muchos días llevaba achicando las millas de la vía Flaminia, en pos de la hermosa reina que decían bebía de las orillas del Tíber. Los campos me resultaban ya monótonos en mi impaciencia, aunque agradecía a los agricultores su labor llevándome alguna de sus fresas a la boca cuando no había ojos indiscretos.
Apenas fui consciente de que el paisaje estaba cambiando, hasta que la calzada resultó ser significativamente más ancha, estaba más desgastada, y los viajantes, soldados y mercaderes se disputaban el espacio para no acabar en la cuneta con sus respectivos enseres. Poco a poco la vía se estaba reconciliando con el río y casi se entrelazaban la una con el otro como viejos amantes, logrando en el último momento mantener las distancias y vigilarse de cerca. Entonces alcé mi mirada hacia el horizonte y me di de bruces con los primeros signos de civilización.

Aquí y allá empezaba a florecer con asiduidad el atrevimiento de algunas villas suburbanas que dudaban entre la lealtad a la ciudad o al campo. El clima era ligeramente más húmedo, lo que se percibía en esa liviana bruma que desdibujaba los contornos a distancia. Tal y como me habían dicho, Roma se asentaba en un terreno propio de marismas, desafiando a la naturaleza con sus orgullosas construcciones; pero desde allí todavía existía la frontera de sepulcros y jardines que la rodeaba como un cinturón, dejando entrever parte ínfima de su grandeza.

Me habían informado de que el primer monte que vería sería el que llamaban Pincio, y así fue como lo reconocí, cuando en sus faldas uno tras otro se sucedieron los jardines de las grandes familias romanas: los horti Sallustiani, los de la familia de Luculo, y otros tantos de los que no llegaba a acordarme. En medio de la vegetación y aunque mis ojos no alcanzasen a percibirlo, sabía que estaban sus mansiones de recreo donde se entregaban a los placeres que su clase permitía cuando las actividades políticas les daban un respiro. Ah, aquella vida era la que todos los demás romanos ansiaban y temían, pero sobre todo veían inalcanzable desde sus modestas ínsulas.

–¿Sabes dónde puedo encontrar el mausoleo de Augusto?

Mi voz surgió rasposa después de tantos días sin apenas cruzar una palabra. Me dirigí al primer hombre que me pareció en verdad romano y que por tanto sabría indicarme, y no me confundí.

–Está a poco más de dos estadios de aquí, al borde del río.
–Gracias y buen camino.

Qué era esa distancia cuando había recorrido toda Italia para llegar. Las emociones me desbordaban del pecho y cabalgaban por mí varios metros por delante. Así fue como observé la tumba del divino Augusto, del divino Tiberio, de la matrona Livia, y otras tantas grandes figuras cuyas cenizas habían sido allí guardadas de la bajeza humana. Así la espera se deshizo en el aire como las chispas de una pira funeraria, mientras se consumen los cuerpos. Pronto llegaría mi contacto si el mensajero había dicho verdad, y para ser sinceros, tampoco me importaba esperar algún tiempo y paladear las vistas sobre las ¿qué digo siete? nueve o diez colinas de Roma, que no se conformaría con menos.

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1 comentario

Publicado por en 17 octubre, 2011 en Roma Imperial

 

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Una respuesta a “¿Quién dijo que eran siete?

  1. Álvaro Bermúdez Caballero

    17 octubre, 2011 at 7:21 am

    Me ha encantado y tenía que dejarlo por escrito, como merecen las grandes entradas.

     

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