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Panem et circenses

20 Oct

Mi mal humor era creciente después de que volviese a ver la cara a aquel esclavo mensajero. Empezaba a pensar que mi estancia se vería más accidentada de lo previsto y que la hospitalidad romana era mera palabrería.
–Habla–, ordené al notar su vacilación.
–Mi señor ha cambiado de planes. Ha decidido asistir a las exhibiciones de animales salvajes en el Circo y en la casa solo quedan los criados. Me ha pedido que te guíe hasta él.
Dejando mi cansancio patente, solo pude insistir.
–¿Qué hay de tu señora, no puede ella recibirme? He hecho un largo viaje y no tengo ahora la mente para espectáculos.
Entonces me miró extrañado.
–Hoy se celebran las Veneralia en honor de Venus, la que transforma los corazones. Es una fiesta que ninguna mujer se perdería.
Olvidaba que en Roma se tomaban todas las fiestas a pecho. En las provincias sin embargo, no teníamos tanto tiempo que perder en celebraciones; había demasiado trabajo. Con un gesto resignado, claudiqué.
–Vayamos al Circo entonces.

Tenía que reconocer que no era la mayor tortura que mi mente podía imaginar. Nuestros pasos abandonaron la vía Flaminia e invadieron el que llamaban Campo de Marte.
El volumen de edificios empezó pronto a abrumarme, pasando de la explanada que usaban los militares para hacer maniobras a los templos de Apolo sanador, de Marte el guerrero mirando impaciente al altar de la paz que Augusto había erigido allí, con el mármol más impoluto y los colores más puros. Y todo ello orquestado por la sombra del tiempo, la sombra del obelisco que recordaba las horas a los hombres.
Impresionado, me quedé un momento observando el reloj solar como si creyese que soltándola del control de mi mirada, la oscuridad se movería demasiado rápido. Pero la eternidad no tenía prisa y me ignoró desdeñosa. Como desdeñoso parecía el esclavo, demasiado acostumbrado a desenvolverse sin prestar atención a cada detalle. Pobre bestia.
No tuve que preguntar cuándo llegaríamos, el Circo hablaba de sí mismo con soltura y soberbia, y con el carisma de los buenos comerciantes. Allí desde lejos su silueta era la de un gigante dormido que se ha llenado de miles de parásitos diminutos creando un zumbido a su alrededor, como moscas fascinadas por la luz de una vela. Yo también estaba fascinado, y mi mente parecía releer los escritos de Dionisio de Halicarnaso cuando elevaba el Circo a una de las estructuras más admirables de Roma. En cuestiones de gusto, los griegos realmente tenían la última palabra.
–Como decimos nosotros, aquí no se sabe si es más fácil perder los sestercios por propia voluntad o ajena.

El esclavo me advirtió malicioso y condescendiente, suponiendo que un extranjero nada sabría de cautela. O quizás lo dijo por la nube de vendedores en la que nos vimos sumergidos en un abrir y cerrar de ojos. El olor del pan recién hecho avivó mis sentidos adormecidos, mientras las meretrices enseñaban la carne. Unos y otras danzaban por aquel escenario de tabernas de madera entre las que era difícil discernir una entrada. Pero la había.
Abandonado el caballo a buen recaudo, las angostas escaleras eran la única forma que el esclavo me aseguró que nos daría acceso a la tribuna. El silencio entre paredes se propició hasta llegar a la cúspide, donde los sonidos se magnificaron como si emergiese de los mismísimos infiernos para redescubrir lo ruidosos que eran los mortales.
Mis ojos dieron una vuelta a la arena más rápidamente de lo que lo haría ningún auriga, hasta que tropezaron con un animal que me provocó gran impresión. ¿Es que acaso lo habrían deformado para exhibirlo en público? No, no era posible. Su cuello se levantaba varios pies por encima de su cuerpo, lleno de manchas propias de los leopardos que ya había visto alguna vez. Parecía un ejemplar digno del estrambótico panteón egipcio, donde sus dioses se complacían apareándose con animales y acababan siendo una mezcla de ambos.

–Es una jirafa.
Cuando mi protector habló, logré salir de mi ensimismamiento.
–Salve, Gayo Aurelio.
–Siéntate, siéntate.

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1 comentario

Publicado por en 20 octubre, 2011 en Roma Imperial

 

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Una respuesta a “Panem et circenses

  1. Diplotaxis

    30 enero, 2012 at 5:16 am

    Acuérdate de seguir escribiendo de tanto en tanto, no sea que llegue la caída del Imperio y te pille desprevenida.

    Muy bueno, por cierto 😉

     

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