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Violante I

27 Oct

Capítulo I
“L’homme propose et Dieu dispose”

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Detrás del contador se apostaba un hombre en la treintena que repasaba tozudamente un libro atestado de escritura rápida y prácticamente ininteligible. Su dedo se deslizaba por el pergamino y cuando acababa una columna, volvía a subir persiguiendo la siguiente. Todo a su alrededor era digno de ignorarse: la puerta que se mantenía abierta filtrando los ruidos de la calle, la campanilla de metal que se agitaba con la brisa veraniega, o las pausadas idas y venidas de su mujer, que hacían crujir la madera en el piso de arriba.
Desde una esquina, la niña lanzó una moneda al aire. Todo se podía ignorar salvo una cosa: el ruido del dinero.

–Yolande, qu’est-ce que tu fais?
–Rien, papa.
–Donne-moi ça.
Forzando los dedos diminutos para que aflojaran la presa, un destello de oro cambió de mano y se mantuvo, seductor, ante su nuevo propietario.
–¿Sabes lo que es esto?
Su padre volvía al italiano cuando se enfadaba o trataba temas serios.
–Un florín de Florencia, padre. Por el anverso hay una flor de lis y por el reverso San Juan Bautista, patrón de la ciudad.
Sus ojos empequeñecieron con incredulidad. Pensaba explicarle a la niña lo que era el dinero y por qué no debía jugar con él como si de canicas se tratase, pero la explicación que acababa de oír barría la inocencia de aquel ángel rubio.
–¿De dónde lo has sacado?
–Me lo dio el tío Giovanni antes de irse. Decía que con él teníais que comprarme una medalla de la Virgen para que me proteja. –Pero hizo una pausa esperanzada– ¿Cuánto vale un vestido bonito?
–Que me lleven los demonios…
La campanilla de la entrada cortó su frase por la mitad.
–Maese Piero?
–Monseigneur le duc?
El que acababa de entrar en su establecimiento era el duque de Berry, un cliente habitual pero muy exigente. Entonces Piero Gardi se dio la vuelta, preparado para servirle.

                                                                           * * *

Pese a que nunca había puesto los pies en París, encontró con relativa facilidad el barrio lombardo en cuanto le escucharon hablar en italiano. Llevaba un mensaje para los Gardi, prósperos banqueros florentinos que habían establecido hacía décadas una filial en la gran capital francesa y desde entonces habían prosperado, aumentando de tal forma su fortuna que podría decirse que los Gardi franceses estaban en mejores condiciones que sus parientes italianos si no fuese porque mantenían el negocio como uno solo, un hermano al frente de cada establecimiento y varios primos en Siena, Génova e incluso Venecia.

El hotel destacaba sobre los demás por ser un poco más alto, y aunque sobrio, estaban reformando la fachada con unos bajorrelieves en el dintel de la puerta a la manera italiana. Cuando la atravesó, casi se dio de bruces con una chica joven que llevaba un cofrecillo en las manos. En lugar de seguir su camino ella se paró delante, y sujetando la arqueta entre su mano y su cintura, extendió la otra con una breve sonrisa.
–Buen día. Traéis un mensaje ¿no es cierto? Puedo entregárselo a mi padre o si preferís, os guiaré hasta él.
El hombre titubeó un instante, pero la carta no abandonó el envoltorio de fino paño que la protegía. La joven rubia era graciosa y parecía determinada, pero agradecería un momento de descanso y una respuesta de vuelta.
–Preferiría ver a vuestro padre, si sois tan amable.
Su voz era grave y su acento cerrado, claramente florentino. Era reconfortante encontrar un pequeño rincón en aquella sucia y tortuosa ciudad donde se hubiese colado un poco de la calidez de su tierra. Sin embargo, toda ella pareció congelarse cuando Piero leyó el contenido de la carta. Después de un mes viajando, casi había olvidado que era portador de malas noticias.
–Virgen María santísima y San Cristóbal bendito… Paolo, Bianca y Antonello… todos muertos… Que Dios nos asista.
Tras la señal de la cruz su rostro se transformó en un sudario mientras escuchaba las tristes noticias de la epidemia que había azotado el norte de Italia, no con la gravedad de la peste del 1348 pero lo suficiente como para barrer de un plumazo a la mitad de su familia.
Las posibilidades comenzaron a ramificarse en su mente con la rapidez de un relámpago. Sin su hermano, que había sido al mismo tiempo su principal socio, ni su sobrino, que hubiese tenido edad de trabajar, se quedaba sin familiares directos que pudiesen mantener la raíz de su negocio. Y cuando la raíz se secaba, la planta moría.
Establecer una relación con alguna otra dinastía de comerciantes parecía la única solución posible, aunque implicaba una  sumisión completa a su forma de hacer negocios ya que para más inri Dios sólo le había dado progenie femenina, y un muchacho que no había demostrado ningún interés por el negocio de su padre más allá del dinero que había sido decisivo a la hora de casar con una joven de la baja nobleza. Casar a su primogénita con algún miembro de los Pazzi, o los Peruzzi, o los Médici parecía una de las pocas opciones posibles… aunque la idea le revolvía el estómago, y ante todo, el comportamiento de Violante cuando lo supiese sería imprevisible.

                                                                        * * *

–Tomad asiento, no os va a gustar lo que tengo que deciros.
Y efectivamente a Jean ya le había dejado de gustar, pues se temía que su padre volviese a insistirle acerca del negocio familiar. Violante sin embargo, se mantuvo de pie;  sin que su padre supiera, había escuchado la conversación con el mensajero y su mente llevaba ocupada desde entonces.

Cuando el discurso acabó, estaba claro que había pensado en mandarla a Italia y casarla con alguien del gremio a costa de perder el control de Florencia pero mantener sus asuntos en París. Su hermano fruncía el ceño ante la otra sugerencia, de que podía marchar hacia Florencia con su familia y establecerse allí para retomar los asuntos de su tío.
No necesito de un marido que me diga cómo ocuparme del negocio, lo hago casi tan bien como vos, padre.
Las palabras de la joven produjeron un denso silencio. El de su hermano, porque aunque no tenía ni idea de si aquello era cierto, consideraba que abrir la boca atraería la atención hacia él. El de su padre porque aunque sabía que era una chica inteligente, una mujer y además tan joven no podía llevar a buen puerto una responsabilidad tan grande… y a veces no por sí misma, sino por los buitres con los que se encontraría en el camino.
–No hija, no quiera Dios que las mujeres además de parir y ocuparos de la casa, tengáis también que preocuparos de todo lo que sucede fuera de ella.
–Te he visto hacer tu trabajo incontables veces, recibir a duques, condes e incluso reyes, sé las condiciones de los préstamos y cómo ser cauta con ellos para no acabar en bancarrota, he repasado tus libros de cuentas y te aconsejé llevar dos al mismo tiempo a la nueva manera florentina…
–Basta.
–Conozco todas las monedas de Europa y sé distinguir falsas de verdaderas sin llegar a pesarlas, las mercancías que elijo resultan ser las que tus clientes prefieren; sé hacer letras de cambio y…
–¡Basta!
Piero estaba completamente anonadado por tal explosivo despliegue de orgullo y autoridad. A decir verdad, ni siquiera se hubiese imaginado que Violante conociese todas esas cosas hasta que ahora las había mencionado todas juntas. Aunque algo había hecho “click” en su cabeza, negó tozudamente mientras buscaba alguna forma de alcanzar un terreno menos movedizo.
–Irás a Italia y te casarás. Mientras estés casada no me importa quién se ocupe del negocio si tú o tu marido, pero si de verdad piensas que el gremio acatará órdenes de una niña de dieciséis años…
–Diecisiete, padre-, respondió ella con una sonrisa triunfal.

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Publicado por en 27 octubre, 2013 en Mis Personajes, Renacimiento

 

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