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Verde

La primera criatura sobre la faz de aquella tierra fue una mujer.
Era una mujer creada a partir de nubes, barro, fuego y agua. El viento peinaba sus cabellos, sus formas habían sido modeladas por mano experta, las entrañas le latían con el fuego de los inicios del mundo y bajo sus pies manaban regueros de agua en libertad. Porque en aquel momento el mundo era libre y las prisiones aún no se habían inventado.

Siguiendo los senderos del Azar que guiaban sus primeros pasos, se maravilló al ver las huellas que iban dejando sus pies descalzos sobre la arena, pues sentía que causaba una honda impresión al mundo sin apenas esfuerzo. Cuál fue su sorpresa cuando estas huellas fueron borradas por el mecer del agua que pulía constantemente la playa como si se tratase de una mano eternamente insatisfecha.

El mundo era completamente virgen, ella lo sabía aunque no tenía pruebas. No necesitaba pruebas, pues al ser la primera criatura no existía nadie que pudiese refutar lo que daba por cierto.
Pero necesitaba algo, la calma debía romperse. Podría haber vivido en un mundo en paz, pero su ambición quiso que las cosas pasasen de diferente modo, para bien y para mal.

Tras una larga caminata bordeando un bosque erigido a orillas de la arena más prístina, sus ojos se vieron heridos por un objeto de color negro que yacía a escasa distancia.
Descubrió que podía sentir curiosidad, una fuerza desconocida que tomaba el control de su cuerpo y que la acercó al objeto más rápidamente de lo que hubiese creído posible.

Se trataba de una caja, una gran caja negra perfectamente cúbica. Era tan regular que sus contornos la asustaron y su superficie la desconcertó. Una tímida imagen le devolvía los gestos desde el fondo oscuro y cuando acercaba la mano hasta tocar el objeto, otra mano sin relieve se posaba sobre la suya.

Sintió una punzada de excitación. Quería abrir esa caja porque había algo dentro, pero el hecho de que no pudiese ver lo que encerraba lo convertía en algo secreto y no estaba acostumbrada a los enigmas, el resto del mundo se abría a ella sin reservas y sin nada que ocultar. Quizás pudiese vivir sin abrirlo, aún no era demasiado tarde.

Pasó días y días merodeando alrededor de la caja, contemplando su reflejo cambiante, su color obstinado, su penetrante olor a misterio. Hasta que un día no pudo más y sus manos temblorosas rompieron la inmutabilidad del objeto y le obligaron a desvelar su secreto.

En el fondo de la caja, yacía un cuerpo desnudo; el del primer hombre.
Con su despertar, nació todo el bien y todo el mal de este mundo.

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Publicado por en 22 octubre, 2010 en Colores, Cuento, Relato

 

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