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Archivo de la categoría: Relato

Cuervo Blanco

Los cuervos habían sido la obsesión de su vida: poseía cientos y los dejaba anidar en la torre más alta del castillo; incluso guardaba en una delicada jaula de plata un cuervo de plumaje extrañamente blanco. Decía que sólo aquel que fuese simple de espíritu podría conformarse con pensar que se trataba de meros animales, pero cuando le preguntaba qué eran, callaba y me observaba con una mirada que separaba su pensamiento y el mío un mundo entero de distancia.
Los demás le tomaban por loco, yo no quería sumarme a las burlas. Ambos conocíamos a nobles con aficiones mucho más reprobables; pero ellos las mantenían en secreto y por eso se consideraban moralmente superiores.

El que más me gustaba de sus peculiares amigos era precisamente aquel cuervo blanco de mirada inteligente y serena. Cuando iba a verle, la líquida melancolía de sus ojos parecía calmarse y venía a tomarme un dedo con el pico. Era su forma de agradecerme las atenciones recibidas.
Entristecido ante la suerte del pobre animal, discutí con mi amigo para que lo liberase. Nunca se había enfadado así: me gritó y quién sabe qué habría podido hacer espada en mano. Aquella noche me fui jurándome no volver a verle hasta que no entrase en razón: realmente pensé que se había vuelto loco.

Cuál fue mi sorpresa cuando a la mañana siguiente me desperté escuchando ruidos en la ventana, y al asomarme me encontré un cuervo con una nota. Rezaba así:
“Siento lo que pasó ayer. Ven esta noche y tendrás lo que me pediste”.
Era una extraña forma de recapacitar, pero me alegré de que hubiese entrado en razón.
-Gracias amigo, ya puedes marcharte.
El cuervo salió volando al instante y esperé todo el día para seguir su camino. Por fin, al atardecer, ensillé el caballo y marché hasta su castillo. Me estaba esperando en la puerta con un brillo febril en sus ojos.
-Ven conmigo, tus preguntas quedarán respondidas pronto.
Subimos las escaleras que conducían a la torre hasta llegar al punto más alto, donde estaba la jaula con el hermoso cuervo blanco.
-Ábrela y ponle este medallón. Después libéralo.
No quise contestar a su locura y cogí una cadenilla con una efigie grabada en el óvalo de plata. Se la colgué al pájaro antes de lanzarlo al aire. Sus alas batieron varias veces intentando tomar altura pero su tamaño creció. Las alas fueron sustituidas por níveos brazos, su pico por unos labios abiertos en un mudo grito, los ojos azules de una mujer fueron lo último que vi antes de que se precipitase al río.

Sólo pude amarla los segundos que duró su caída y no he podido amar a ninguna otra mujer desde entonces. Maté a mi amigo y liberé a sus cuervos antes de marchar por propia voluntad a la Guardia de la Noche, donde serviré hasta mi muerte. Conmigo guardo el medallón que lleva su retrato grabado, el único recuerdo blanco dentro de este mundo negro.

 
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Publicado por en 2 junio, 2011 en Relato

 

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Violeta

Para celebrar la noche de San Juan, como siempre, decidí irme a la playa. Lo que pasa es que mi forma de pasar esa noche es bastante diferente a la de los demás; ellos prefieren reunirse con sus amigos, emborracharse, sentirse arropados por gente… aunque no la conozcan, para tranquilizar sus miedos a la soledad. Pero yo me enfrento a ella directamente y me marcho a un lugar donde no puedan encontrarme.
El lugar en cuestión es mucho más hermoso que las playas corrientes. Se trata de una cala recogida que se enfrenta tras varios kilómetros de costa al resto de playas más conocidas, pero a donde no va nadie porque es un cúmulo abrupto de rocas y arena, además de estar lejos.

Desde allí y por la noche se pueden ver pequeños puntos de luz a donde quiera que mires, y aquella noche en concreto las estrellas se entrelazaban con los ecos del fuego, más allá de las olas.
Me dejé abrazar por la oscuridad. Las referencias de luz estaban tan lejos que sentía la noche como un ser denso y palpable envolviendo todos mis sentidos, mientras que el ruido del agua rompiendo suavemente a mi lado dejaba a la mente flotar en un estado de calma absoluto.
Me senté sobre una roca que sobresalía como una ballena negra, recortada contra el blando relieve de las aguas. Con mis brazos rodeé las rodillas y apoyé la barbilla sobre ellas, manteniendo los ojos bien abiertos. Hay quien dice que no se ve nada en la oscuridad, pero solo hay que ser paciente y dejar que poco a poco vayan dibujándose contornos y siluetas, sombras, colores profundos; una infinita gama del azul al negro.
Si el día ofrece evidencias, la noche sugiere secretos. El uno es sincero, incluso hiriente… la otra es traviesa y le encanta jugar a las adivinanzas, aunque yo aún no sabía hasta qué punto.
Desconozco cuánto tiempo estuve así, sin moverme, estremecida por el murmullo de una lengua arcana. Cuando mis ojos pudieron desatarse del atractivo del agua, empecé a reseguir formas de las rocas colindantes imaginándome figuras imposibles, animales fantásticos. Estuve concienzudamente repasando todas y cada una de mis silenciosas compañeras, pero cuando me giré para ver las que tenía detrás, me topé con una silueta que parecía demasiado humana.
No, no era mi imaginación, a escasos metros de mí había una persona, y juraría que me estaba mirando, pero su quietud y su pose tranquila calmaron mi primer impulso de miedo hasta transformarlo en cosquillas inexplicables aleteando en el estómago.
Por el lugar donde estaba sentado, podía perfectamente haber llegado antes o después que yo. En cualquier caso me sabía observada, y él ahora también lo estaba. Entre nosotros se estableció un silencioso cruce de diálogos mientras las miradas se tanteaban en la oscuridad sin llegar a encontrarse.
Las horas transcurrieron y en un momento que no recuerdo cedí al sueño, como si mi cuerpo se hubiese acostumbrado a aquella presencia y la considerase un elemento más del paisaje.
Cuando me desperté, comprobé sobresaltada que la luz del día recaía duramente en los contornos de la cala, creando aristas y transformando las silenciosas ballenas negras en sucios caparazones grises. Mis ojos corrieron hacia el lugar donde había visto al desconocido, pero ya no quedaba de él más que el recuerdo.

* * *

Había pasado un año. Cuando vi el día en el calendario, no pude evitar que volviese todo a mi mente con la fuerza de una gran ola que te advierte de que la marea ha subido mientras tú no te dabas cuenta.
Mis planes eran los mismos, apartarme hasta la playa más lejana y recóndita, pero algo había cambiado. Ya no buscaba estar sola.
Maquinalmente me abrí camino en la oscuridad recordando a la perfección dónde me había sentado la última vez. No alcancé a disfrutar de los detalles. Esperé impaciente, y mi único acompañante fue el mar hasta que perdí la consciencia y volví a entregarme al sueño.
Me desperté entumecida y malhumorada por mi inocente ilusión, ¿por qué había llegado a pensar que pasaría algo?
Me levanté dispuesta a marcharme, y sorprendida observé lo que había caído al suelo con un sordo suspiro. Era una flor, una violeta concretamente, y no podía haber llegado hasta allí por casualidad.
Maldije el momento en que me había quedado dormida. Miré a la flor esperando que me transmitiese alguna clave oculta, pero ella guardó los secretos de su dueño entre los pliegues de sus pétalos.

* * *

Me había costado esperar. Había visitado varias veces la pequeña cala sabiendo de antemano que no servía de nada querer adelantarse a los acontecimientos. La violeta había expirado hacía muchos meses, llevándose definitivamente sus secretos a la tumba, y ningún rastro nuevo se manifestó desde entonces. Pero ya se había cumplido otro año.
En lugar de sentarme en la misma roca que de costumbre, ocupé la que había sido de él tantos meses antes. A más altura, mi mirada abarcaba perfectamente todo el lugar, decidida a no perderse ningún detalle de aquella noche pero sin saber que una mano estaba a punto de posarse sobre mi hombro.
El trote pausado de mis latidos se convirtió en una estampida. La suave presión de aquella mano se propagó por todo mi cuerpo como si me hubiese convertido en un material conductor de emociones irracionales.
La realidad comenzó a descomponerse vertiginosamente en fotogramas. El frescor del mar había dado paso a la calidez de unos brazos rodeándome, y entre ellos tropecé con aquellos labios que aún no habían roto el silencio.

 
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Publicado por en 23 octubre, 2010 en Colores, Relato

 

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Verde

La primera criatura sobre la faz de aquella tierra fue una mujer.
Era una mujer creada a partir de nubes, barro, fuego y agua. El viento peinaba sus cabellos, sus formas habían sido modeladas por mano experta, las entrañas le latían con el fuego de los inicios del mundo y bajo sus pies manaban regueros de agua en libertad. Porque en aquel momento el mundo era libre y las prisiones aún no se habían inventado.

Siguiendo los senderos del Azar que guiaban sus primeros pasos, se maravilló al ver las huellas que iban dejando sus pies descalzos sobre la arena, pues sentía que causaba una honda impresión al mundo sin apenas esfuerzo. Cuál fue su sorpresa cuando estas huellas fueron borradas por el mecer del agua que pulía constantemente la playa como si se tratase de una mano eternamente insatisfecha.

El mundo era completamente virgen, ella lo sabía aunque no tenía pruebas. No necesitaba pruebas, pues al ser la primera criatura no existía nadie que pudiese refutar lo que daba por cierto.
Pero necesitaba algo, la calma debía romperse. Podría haber vivido en un mundo en paz, pero su ambición quiso que las cosas pasasen de diferente modo, para bien y para mal.

Tras una larga caminata bordeando un bosque erigido a orillas de la arena más prístina, sus ojos se vieron heridos por un objeto de color negro que yacía a escasa distancia.
Descubrió que podía sentir curiosidad, una fuerza desconocida que tomaba el control de su cuerpo y que la acercó al objeto más rápidamente de lo que hubiese creído posible.

Se trataba de una caja, una gran caja negra perfectamente cúbica. Era tan regular que sus contornos la asustaron y su superficie la desconcertó. Una tímida imagen le devolvía los gestos desde el fondo oscuro y cuando acercaba la mano hasta tocar el objeto, otra mano sin relieve se posaba sobre la suya.

Sintió una punzada de excitación. Quería abrir esa caja porque había algo dentro, pero el hecho de que no pudiese ver lo que encerraba lo convertía en algo secreto y no estaba acostumbrada a los enigmas, el resto del mundo se abría a ella sin reservas y sin nada que ocultar. Quizás pudiese vivir sin abrirlo, aún no era demasiado tarde.

Pasó días y días merodeando alrededor de la caja, contemplando su reflejo cambiante, su color obstinado, su penetrante olor a misterio. Hasta que un día no pudo más y sus manos temblorosas rompieron la inmutabilidad del objeto y le obligaron a desvelar su secreto.

En el fondo de la caja, yacía un cuerpo desnudo; el del primer hombre.
Con su despertar, nació todo el bien y todo el mal de este mundo.

 
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Publicado por en 22 octubre, 2010 en Colores, Cuento, Relato

 

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