RSS

Panem et circenses

Mi mal humor era creciente después de que volviese a ver la cara a aquel esclavo mensajero. Empezaba a pensar que mi estancia se vería más accidentada de lo previsto y que la hospitalidad romana era mera palabrería.
–Habla–, ordené al notar su vacilación.
–Mi señor ha cambiado de planes. Ha decidido asistir a las exhibiciones de animales salvajes en el Circo y en la casa solo quedan los criados. Me ha pedido que te guíe hasta él.
Dejando mi cansancio patente, solo pude insistir.
–¿Qué hay de tu señora, no puede ella recibirme? He hecho un largo viaje y no tengo ahora la mente para espectáculos.
Entonces me miró extrañado.
–Hoy se celebran las Veneralia en honor de Venus, la que transforma los corazones. Es una fiesta que ninguna mujer se perdería.
Olvidaba que en Roma se tomaban todas las fiestas a pecho. En las provincias sin embargo, no teníamos tanto tiempo que perder en celebraciones; había demasiado trabajo. Con un gesto resignado, claudiqué.
–Vayamos al Circo entonces.

Tenía que reconocer que no era la mayor tortura que mi mente podía imaginar. Nuestros pasos abandonaron la vía Flaminia e invadieron el que llamaban Campo de Marte.
El volumen de edificios empezó pronto a abrumarme, pasando de la explanada que usaban los militares para hacer maniobras a los templos de Apolo sanador, de Marte el guerrero mirando impaciente al altar de la paz que Augusto había erigido allí, con el mármol más impoluto y los colores más puros. Y todo ello orquestado por la sombra del tiempo, la sombra del obelisco que recordaba las horas a los hombres.
Impresionado, me quedé un momento observando el reloj solar como si creyese que soltándola del control de mi mirada, la oscuridad se movería demasiado rápido. Pero la eternidad no tenía prisa y me ignoró desdeñosa. Como desdeñoso parecía el esclavo, demasiado acostumbrado a desenvolverse sin prestar atención a cada detalle. Pobre bestia.
No tuve que preguntar cuándo llegaríamos, el Circo hablaba de sí mismo con soltura y soberbia, y con el carisma de los buenos comerciantes. Allí desde lejos su silueta era la de un gigante dormido que se ha llenado de miles de parásitos diminutos creando un zumbido a su alrededor, como moscas fascinadas por la luz de una vela. Yo también estaba fascinado, y mi mente parecía releer los escritos de Dionisio de Halicarnaso cuando elevaba el Circo a una de las estructuras más admirables de Roma. En cuestiones de gusto, los griegos realmente tenían la última palabra.
–Como decimos nosotros, aquí no se sabe si es más fácil perder los sestercios por propia voluntad o ajena.

El esclavo me advirtió malicioso y condescendiente, suponiendo que un extranjero nada sabría de cautela. O quizás lo dijo por la nube de vendedores en la que nos vimos sumergidos en un abrir y cerrar de ojos. El olor del pan recién hecho avivó mis sentidos adormecidos, mientras las meretrices enseñaban la carne. Unos y otras danzaban por aquel escenario de tabernas de madera entre las que era difícil discernir una entrada. Pero la había.
Abandonado el caballo a buen recaudo, las angostas escaleras eran la única forma que el esclavo me aseguró que nos daría acceso a la tribuna. El silencio entre paredes se propició hasta llegar a la cúspide, donde los sonidos se magnificaron como si emergiese de los mismísimos infiernos para redescubrir lo ruidosos que eran los mortales.
Mis ojos dieron una vuelta a la arena más rápidamente de lo que lo haría ningún auriga, hasta que tropezaron con un animal que me provocó gran impresión. ¿Es que acaso lo habrían deformado para exhibirlo en público? No, no era posible. Su cuello se levantaba varios pies por encima de su cuerpo, lleno de manchas propias de los leopardos que ya había visto alguna vez. Parecía un ejemplar digno del estrambótico panteón egipcio, donde sus dioses se complacían apareándose con animales y acababan siendo una mezcla de ambos.

–Es una jirafa.
Cuando mi protector habló, logré salir de mi ensimismamiento.
–Salve, Gayo Aurelio.
–Siéntate, siéntate.

 
1 comentario

Publicado por en 20 octubre, 2011 en Roma Imperial

 

Etiquetas: , , , , , , , ,

¿Quién dijo que eran siete?

Calendas del mes de abril, 863 ab urbe condita (109 d.C.)

Muchos días llevaba achicando las millas de la vía Flaminia, en pos de la hermosa reina que decían bebía de las orillas del Tíber. Los campos me resultaban ya monótonos en mi impaciencia, aunque agradecía a los agricultores su labor llevándome alguna de sus fresas a la boca cuando no había ojos indiscretos.
Apenas fui consciente de que el paisaje estaba cambiando, hasta que la calzada resultó ser significativamente más ancha, estaba más desgastada, y los viajantes, soldados y mercaderes se disputaban el espacio para no acabar en la cuneta con sus respectivos enseres. Poco a poco la vía se estaba reconciliando con el río y casi se entrelazaban la una con el otro como viejos amantes, logrando en el último momento mantener las distancias y vigilarse de cerca. Entonces alcé mi mirada hacia el horizonte y me di de bruces con los primeros signos de civilización.

Aquí y allá empezaba a florecer con asiduidad el atrevimiento de algunas villas suburbanas que dudaban entre la lealtad a la ciudad o al campo. El clima era ligeramente más húmedo, lo que se percibía en esa liviana bruma que desdibujaba los contornos a distancia. Tal y como me habían dicho, Roma se asentaba en un terreno propio de marismas, desafiando a la naturaleza con sus orgullosas construcciones; pero desde allí todavía existía la frontera de sepulcros y jardines que la rodeaba como un cinturón, dejando entrever parte ínfima de su grandeza.

Me habían informado de que el primer monte que vería sería el que llamaban Pincio, y así fue como lo reconocí, cuando en sus faldas uno tras otro se sucedieron los jardines de las grandes familias romanas: los horti Sallustiani, los de la familia de Luculo, y otros tantos de los que no llegaba a acordarme. En medio de la vegetación y aunque mis ojos no alcanzasen a percibirlo, sabía que estaban sus mansiones de recreo donde se entregaban a los placeres que su clase permitía cuando las actividades políticas les daban un respiro. Ah, aquella vida era la que todos los demás romanos ansiaban y temían, pero sobre todo veían inalcanzable desde sus modestas ínsulas.

–¿Sabes dónde puedo encontrar el mausoleo de Augusto?

Mi voz surgió rasposa después de tantos días sin apenas cruzar una palabra. Me dirigí al primer hombre que me pareció en verdad romano y que por tanto sabría indicarme, y no me confundí.

–Está a poco más de dos estadios de aquí, al borde del río.
–Gracias y buen camino.

Qué era esa distancia cuando había recorrido toda Italia para llegar. Las emociones me desbordaban del pecho y cabalgaban por mí varios metros por delante. Así fue como observé la tumba del divino Augusto, del divino Tiberio, de la matrona Livia, y otras tantas grandes figuras cuyas cenizas habían sido allí guardadas de la bajeza humana. Así la espera se deshizo en el aire como las chispas de una pira funeraria, mientras se consumen los cuerpos. Pronto llegaría mi contacto si el mensajero había dicho verdad, y para ser sinceros, tampoco me importaba esperar algún tiempo y paladear las vistas sobre las ¿qué digo siete? nueve o diez colinas de Roma, que no se conformaría con menos.

 
1 comentario

Publicado por en 17 octubre, 2011 en Roma Imperial

 

Etiquetas: , , , ,

Eira Ní Sirideáin

IX

“Sometimes questions are more important than answers.”

The child stared at her, deeply impressed. She was red haired, just like herself, but her hair was longer and wavy, her eyes were smiling, and her hands were warm and motherly.
“Eira, this is Maegan.”
His father avoided saying a word about their relationship, but Eira was aware of a lot of things adults wouldn’t tell her.
“And this is our new home.”
The house was magnificent, next to the sea, surrounded by dense vegetation and dizzy cliffs where waves collided without rest. He wanted to celebrate his promotion in the company and the fact that now he was gaining a huge amount of money. It was a good way, after all; better than a terraced house in the suburbs with an insipid swimming pool.
Her new bedroom was full of wooden furniture and joists that gave a particular smell, ancient and enchanting, to the place. The canopy bed emphasized this sensation of being in a seignorial manor in the middle of the forest.

“Would you come with me?” said suddenly Maegan holding out her hand to the child.”I would like to show you this little cove we have down there, and you can even swim if you want.”
“I don’t think she should…”
“Come on, Brennan, you don’t pretend to have your daughter locked in here all the time.
The discussion was soon over and the girl and the woman went to the seaside where no one else would come. But when she was half immersed in the water, Eira saw something moving between her feet; it was like a little silvery child curled up and looking at her with enigmatic silver eyes.
“What… are you?”
“I could say the same thing” protested the creature, touching her legs with a slippery skin.
“I’m… I’m Eira Ní Sirideáin.”
“Really?” He snorted with a strange smile. “The last time I talked to you, you had a different name.”
“I hope at least that time you DID answer my questions… come here!”
She tried to catch him
, but saw two hands standing in her way.
“There you are.”
Maegan placed a rare and pearly shell into her hands.
“It is said that if you put your ear near it, you will be able to hear the ocean talking.”
“Oh, I’ve already heard him, and he is very rude.”

 
5 comentarios

Publicado por en 11 octubre, 2011 en Mis Personajes

 

Etiquetas: , ,

03102011

Se está haciendo el interesante, pero en el fondo tiene su encanto.
Así que decirnos cómo somos sin conocernos, ¿eh? Mi mirada mezclaba socarronería y cierta soberbia, y ese perfume llegó rápidamente a sus ojos, que se volvieron atraídos hacia mí.

– Tienes ganas de que te diga lo que pienso de ti.
– Puede.
Entonces soltó la bomba.
– Tú eres una mentirosa.
– ¿Eso es bueno o malo?
Había sido un contraataque espontáneo y eficaz. Mientras jugábamos con las intenciones, los demás soltaban risitas nerviosas, creyendo ver un combate muy diferente al que realmente se estaba desarrollando bajo cuerda.
– Dímelo a mí, que me lo han llamado muchas veces.
– Entonces me lo tomaré como un cumplido.

 
4 comentarios

Publicado por en 3 octubre, 2011 en Oniros

 

Etiquetas: , , ,

Experimento

Estás en casa y cierras los ojos. Sientes entonces la imperiosa necesidad de tumbarte, sentarte, o hacer algo que no implique romperte la crisma contra alguna esquina. Así en la cama degustas con satisfacción tu idea los primeros momentos, pero solo los primeros. Te empiezas a aburrir y los minutos se estiran como un gato perezoso pero de forma mucho más irritante.
Te parece interesante cualquier sonido que te rodee. Llega a tus oídos la airada discusión de los vecinos desde el patio, y el ronroneo del ordenador en la habitación de al lado. Estás realmente aburrido, y pretendes quedarte dormido para solucionarlo, pero es jodidamente difícil. No tienes una pizca de sueño, ni siquiera puedes mirar al techo, y en general prefieres pensar con los ojos abiertos aunque sea en la oscuridad.
Un ruido te sobresalta, ha llegado alguien a tu casa, pero no quieres romper el experimento, así que te haces el dormido. Esperas, y escuchas cómo evidentemente por las horas que son, se acerca a tu puerta y se asoma sin demasiadas precauciones. Pero entonces te ve ahí, tirado en la cama y en posición fetal, y te puedes imaginar su cara de “ups, vaya” mientras retrocede poniendo cuidado pero igual de silencioso que un elefante en una cacharrería. Al menos, cierra la puerta, y te deja a lo tuyo durante un buen rato, hasta que te cansas.

———————

Sales a la calle. Odias vivir en una gran ciudad y tener que aguantar tanta humanidad concentrada en el metro. El problema no es la gran ciudad, es la gente. Aquella de allí se pone a maquillarse pervirtiendo la propia esencia de la intimidad, suya y de los demás, que tienen que aguantarla. Todos miran al infinito como si intentasen ignorar que hay veinte personas a su alrededor, pero en realidad todo el mundo echa miraditas de reojo cuando alguien se sale de la norma o se comporta de forma extraña, así que en el fondo no te están ignorando, están a la espera de algo morboso.
No aguantas más y decides ponerte el mp3, aunque es cierto que odias a la gente que lo lleva puesto como si la realidad no fuese lo bastante buena, que no lo es, pero tú estás en ella. Claro que tú haces lo mismo, y de hecho empiezas a sentirte mucho mejor a partir de los primeros acordes. Mucho, mucho mejor.
Te olvidas de ellos y ellas, te pones a pensar en tus cosas. Sales del metro, como diría aquel, creyéndote en un videoclip, y subes las escaleras con un contoneo de caderas que te parece soberbio. La imaginación vuela, lejos del ruido de los coches, de las conversaciones estridentes, del ultimatum del semáforo. Estás allí pero no estás, y por eso logras empezar el día con buen pie.

———————

Al final siempre se dice que la vista es el sentido más completo, pero el oído es quien decide si conectarnos o no a la realidad, y si nos deja que nuestra imaginación eche a volar.

 
1 comentario

Publicado por en 15 septiembre, 2011 en Reflexiones

 

Etiquetas: , , , , ,

Dark Nyrina

La noche espesa como la tinta desteñía el horizonte, desplegando su sábana sobre las planicies que se veían a lo lejos. A cientos de metros de altura sobre ellas, una figura solitaria sentada ante una hoguera mataba el tiempo tallando una pequeña estatuilla en hueso. Se trataba de un hombre adusto, absorto en aquel trabajo, aunque por su apariencia no parecía un artesano sino más bien un guerrero cuyo cuerpo estaba forjado en la batalla. Se cubría con pieles, y pocos enseres le acompañaban. Restos de una comida en soledad no explicaron el sonido de una voz femenina, susurrante y aterciopelada, que se coló en sus oídos.
– En marcha, se nos hace tarde.

El hombre sobresaltado alzó la mirada y se tropezó con Nyrina. No la había escuchado salir de la cueva, ni llegar hasta su lado y encaramarse a la enorme roca que avanzaba sin miedo hacia el precipicio. Su silueta de espaldas sólo le dejaba ver el movimiento del cabello negro y lacio, interminable, que mecían las corrientes de viento. La capa se mantenía estoicamente en su sitio y la espada en el costado sobresalía desafiante a la espera de órdenes de su dueña. Esa espada inquietaba a Raitz, pues el destello del rubí en su empuñadura, el hecho de que le hubiese dado un nombre, apuntaba a algún tipo de magia. Quizá estuviese viva de alguna forma… y eso le ponía nervioso; todavía no sabía qué esperarse de aquella mujer aunque llevasen varias semanas de viaje. No podía olvidar el hecho de que su primer encuentro se había saldado con la muerte de cinco de sus compañeros, todos atravesados por la furia del mismo acero.

– Estoy listo.
Raitz se puso en pie y guardó los restos de comida a sabiendas de que no eran del interés de Nyrina. Después de acabar con la hoguera ambos echaron a andar; tardarían un día más en llegar a su destino inmediato, allá al pie de las montañas y en la entrada del bosque, en una pequeña ciudad que poseía algo fundamental para Nyrina: su biblioteca.
– Recuérdamelo, ¿qué vas a buscar en esa biblioteca que tanto necesita mi señor?
Unos ojos azules, oscuros y profundos, se clavaron en él agarrándole las entrañas y dejándole el corazón en un puño. Tenían un brillo sobrenatural; no creía que se pudiese acostumbrar nunca a que le mirase de aquella forma.
– Me refiero a que… -se apresuró a matizar-¿acaso los libros van a servir de algo en esta guerra que se viene encima?
– Te diría que esos libros son el epicentro de la guerra, pero no creo que veas más allá de la punta de tu espada.
– Prefiero mis garras-, respondió él con una sonrisa burlona.
Nyrina suspiró.
– Recuérdamelo… ¿por qué demonios estoy viajando con un hombre lobo en lugar de matarlo e ime por mi cuenta?
– Me necesitas para guiarte hacia las Ciudades Cripta. Y una vez allí combatiremos mano a mano por esos libros si quieres, contra los ejércitos del que se hace llamar dios. Cuando sangre, entenderá que los dioses también pueden morir.
Un silencio se instauró entre ambos, mientras marchaban a buen paso. De pronto Nyrina se detuvo.
– ¿Qué sacas de todo esto? ¿acaso eres un perro sumiso que hace lo que le manda su amo?
El salvaje apretó la barbilla y su perfil se dibujó más orgulloso y altivo que nunca.
– No tengo amo. No quiero morir viejo, en un lecho de muerte, mientras me limpian la baba. Moriré peleando. No se me ocurre mejor lugar que en el campo de batalla, y seré recordado por los míos como un antepasado que luchó con honor.
Una risa flotó en el aire. Contenía desprecio y admiración, contenía siglos y siglos de polvo y sangre. Nyrina volvió a andar y la piel marmórea de su rostro relució más blanca que nunca durante un momento antes de que la cubriese con una amplia capucha.

– En la guerra no hay honor, solo muerte. Al menos tendrás algo de lo que pides.

 
Deja un comentario

Publicado por en 12 julio, 2011 en Mis Personajes

 

Etiquetas: , , ,

Interludio II: Pluie

 

En su cabeza, gotas de música resbalaban y limpiaban de suciedad sus pensamientos, mientras allí fuera, las notas del piano repiqueteaban contra el cristal.
El calor había huido hacia tiempos mejores y ningún recuerdo se personó a la cita. Podía bailar tranquila con su reflejo sin moverse de las sábanas, porque su pequeño guardián peludo vigilaría desde algún lugar de la casa.

Aprovechó entonces para escalar la distancia hacia otros mundos; quería abandonar el suyo, de puntillas, esperando que nadie notase la ausencia. Llamó a las puertas de Fantasía y de la Arcadia; deseó tanto que existieran… pero nadie respondió y la puerta permaneció cerrada.

Los fotogramas de sueños que no iba a poder recordar aceleraron el ritmo de sus pestañas durante horas o minutos; daba igual, pues el único testigo del tiempo era un reloj mentiroso y el sol en el exilio. Y es que cuando se levantó, las nubes habían bajado la persiana dando otro sentido al término Amanecer.

Zumo de naranja, un periódico arrugado, pies descalzos, una taza de té, un ordenador protestando por las horas extra. En este ocaso de la civilización, cualquier cosa recordaba más al amanecer que un sol naciente.

Y consciente de que era en sí misma una contradicción, se dispuso a construir un mundo que le diese cobijo, a partir de los fragmentos de sus sueños.

 
2 comentarios

Publicado por en 8 julio, 2011 en Reflexiones

 

Etiquetas: , , ,