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Panem et circenses II

La conversación sigue, aunque algo espaciada e inconexa, como lo son todas cuando hay algo más interesante que ocurre al mismo tiempo. Mi anfitrión es un militar retirado y viejo amigo mío, aunque con los años ha perdido visión de lo que ocurre en el frente y me pregunto qué seguimos teniendo en común. Viéndole así, tan entusiasmado que ni siquiera se levanta para darme un abrazo, me asedian sentimientos encontrados. Soy como una isla inmutable a la que rodea la entusiasta corriente; es posible que no vuelva a saber vivir con despreocupación.

―¡Empieza la carrera! ¿Qué haces que no vienes? Si te quedas de pie como un espantapájaros, pensaré que tengo un esclavo nuevo.

Gayo Aurelio gesticula y alguien me empuja sutilmente desde atrás, con lo que acabo con mis posaderas hundiéndose en un blando cojín al mismo tiempo que cae la mappa de las manos de algún político ¿o quizás del emperador? Afino la vista y en la tribuna me parece ver a Trajano entre columnas como un animal enjaulado y rodeado de los cuidadores con más celo del imperio. Quizás él tampoco está disfrutando, al fin y al cabo.

―¿Has apostado por alguno? ―me oigo decir.

―¡La casa por la ventana! ¿Ves al chaval del equipo azul? Los rumores más locos dicen que es una mujer. Es ágil, es astuto. Les va a ganar a todos y a darles por culo más tarde, ¡para que luego vayan diciendo que les ha jodido una damisela!

Su risa es contagiosa y por un momento me dan ganas de involucrarme en su triunfo, parece justo, vistos los mostrencos tras las demás bridas.

A mitad de una vuelta vertiginosa, un gran clamor sacude el circo. El susodicho ha conseguido empujar al auriga del equipo blanco contra la spina y con sus ruedas arrolla la pata de uno de los caballos, que relincha con tanto dolor que me recuerda a una vaca mugiendo. Con ese naufragio acaba la carrera para los blancos y se perfila la rivalidad dual entre verdes y azules, los equipos con más aficionados.

El último delfín se inclina ante la última vuelta, que no sonríe a los rojos. Los gritos se hacen más estridentes. Casi puedo notar la presión que ejerce el público sobre la arena, y me imagino lo que deben sentir los aurigas. Sus reflejos confrontados a los nervios, la adrenalina, la velocidad imparable, tan imparable que se saben indefensos ante cualquier accidente y al mismo tiempo, héroes tocados por los dioses inmortales. Si me paro a pensarlo… es irónico que el pueblo romano idolatre esclavos participando en una farsa mientras las verdaderas batallas, las que tienen sentido, se suceden silenciosas en el otro extremo del imperio. Estos hombres mueren por placer, aquellos, por necesidad. Pero unos tiñen las vidas cotidianas de fervor y los otros… bueno, los otros se dan por sentado.

Me revuelvo en mi asiento con cierta incomodidad cuando de pronto el mundo se vuelve patas arriba. A mi alrededor todos se han puesto de pie y siguen gritando, enfervorecidos o indignados. O ambas cosas. Parece que me he perdido el final de la carrera, absorto en mis reflexiones, aunque por la expresión de Gayo la diosa Fortuna le ha sonreído.

Cuando suenan las tubas ―los únicos instrumentos que son capaces de superar el vocerío y por ello los favoritos en los espectáculos―, me levanto yo también y le doy la enhorabuena como si fuese él mismo el autor de tal hazaña, aunque a decir verdad, hazaña es haber ganado tamaña cantidad de dinero apostando por el que llevaba las de perder según las encuestas.

―¿Ya te han dado tu diploma?

La pregunta me sorprende cuando ya daba por perdida nuestra antigua amistad. Me recuerda que casi puedo tocar la ciudadanía romana con la punta de los dedos.

―Aún no he ido a buscarlo.

―Pues ten cuidado… Hay rumores de que están alargando el servicio entre los veteranos.

Sus palabras me sientan como un baño de agua helada.

 
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Publicado por en 22 marzo, 2017 en Roma Imperial

 

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