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Violante III

Capítulo III

“Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”

Gradenigo

Estos últimos acontecimientos merecen cierta explicación de lo que había ocurrido antes.

Meses atrás, Violante había encargado un ciclo de pinturas a Filippo Lippi, un joven monje con vocación de pintor que se decía había aprendido el oficio sentándose a copiar los frescos de Masaccio y Massolino en la capilla Brancacci. Pero pronto fra Lippi tuvo que excusarse por la demora de su encargo sin querer dar explicaciones. La joven se enteró, por boca de sus aprendices, de que había llegado un encargo muy importante de un veneciano y que no podía esperar. De alguna manera ese tal veneciano había conseguido cambiar sus prioridades y esto la ofendió profundamente, así que fue al taller y le amenazó con retirar su encargo y en la medida en que pudiera el resto de encargos futuros si no terminaba el suyo primero. Pero vio algo inesperado en sus ojos: miedo. ¿Qué le habría hecho el misterioso comitente, amenazar con arrancarle la lengua?
–Se me ocurre algo–, dijo de pronto, en tono persuasivo.– Dejarás la pala al taller… y acabarás personalmente lo poco que te queda de mi encargo, así matarás dos pájaros de un tiro.
–No, no puedo…
–Mira, no era una sugerencia. Ya has hecho esto antes… ¿Crees que no lo sabía? Pero de ti depende que se quede como un secreto de profesión o que acabe salpicando los palacios de Florencia. Tendrás que abandonar la ciudad por falta de trabajo y… bueno, quizás lo único que te quede sea tu amigo veneciano. Pero a lo mejor con tu nombre manchado, ni siquiera eso.
Fra Lippi era un hombrecillo extremadamente indigno pese a considerarse un siervo de Dios. Violante hubiese marchado de allí sin mirar atrás de no ser porque sus planes de venganza eran más importantes, y porque incluso los hombres más despreciables podían pintar como los ángeles.
–Una última cosa. ¿Cómo se llama?
–Signorina Gardi, no sé si sería prudente… –gimió el hombre retorciéndose las manos.
Lo último que hizo fue dar un portazo mientras se sumía en sus pensamientos. Su plan había sido sutil, tan sutil que haría falta un verdadero experto para distinguir el engaño… pero contaba con que el desconocido fuese tal experto. En caso contrario… bueno, habría pagado por un fraude.

Pero las cosas no siempre salen como uno quiere, o al menos, cuando uno quiere.
Cierto tiempo después alguien había depositado en el establecimiento de los Gardi lo que uno de los empleados consideró como un regalo.
Violante giró el cofre detenidamente en sus manos, observando la madera finamente tallada. En el frente, un escudo oval contenía lo que parecía un largo tramo de escaleras en bajorrelieve. Por mucho que pensó, no se le ocurría a quién podía pertenecer tal blasón y por qué se había molestado en enviárselo. Pero sin más dilación abrió la tapa y miró en su interior. Contenía un librillo en cuero negro sin ninguna marca en el exterior, pero en el interior estaba escrito con letra elegante L’Inferno, de Dante Alighieri. No es que se hubiese parado nunca detenidamente a leer las obras literarias de su tiempo, pero tenía entendido que aquello solo era una parte de una obra más grande titulada Commedia.
La segunda hoja fue reveladora e intrigante al mismo tiempo. A modo de dedicatoria alguien había escrito unas breves palabras:

«Encontrarás aquí moradas,
Que te acogerán con los brazos abiertos:
Séptima u octava,
Para usureros y consejeros fraudulentos.

Allí nos veremos, en el Infierno,
Donde lee Dante: abandona toda esperanza».

¿Y la firma? La firma rezaba de forma enrevesadamente simple un «Giovanni Gradenigo».

Violante tiró el libro a un lado y dio un manotazo al cofre vacío, haciéndose daño en la mano. No tardó en enterarse de que Filippo Lippi había sido llevado a juicio y pronto daría con sus huesos en la cárcel por haber trasgredido los términos de uno de sus contratos que estipulaban que la mano del maestro, y no su taller, sería la responsable de realizar el encargo. Unas leves punzadas de temor y rabia la aguijonearon pues sus cuadros seguían sin estar perfectamente acabados, y quizás el pintor decidiese hablar en juicio de los pequeños consejos que le había dado. Tenía preparado un plan que la haría parecer una víctima más, pero no necesitó desarrollarlo pues nadie la llamó al juicio. Sin embargo, la llama del temor y la rabia aún no se había extinguido en ella cuanto más pensaba en el veneciano… ¿Quién le habría mandado revisar la obra antes de estar acabada? Y sobre todo… ¿cómo demonios se había enterado de que ella era la voz maliciosa que había tentado al maestro?

* * *

–¿Qué piensas hacer?
Jean no parecía dispuesto a abandonar la habitación ante una posibilidad, aunque lejana, de saldar sus asuntos en Italia y volver a París. En su mano blandía una carta cuya letra Violante reconoció con facilidad.
–Nada.
–Deja de comportarte como una cría que tiene a todo el mundo en esta casa a su servicio.
–Lo tengo–, rio ella sin poder evitarlo, pero supo que pagaría caro aquel arranque de sinceridad.
–¿Sí eh? Esta misma noche iré a Venecia, a donde estoy invitado, y cumpliré la misión que me dio padre, esto es, encontrar a alguien que te aguante. Parece que he encontrado el candidato ideal, si es que le llamas idiota en su cara y aun así quiere casarse contigo.
–¡No! –pero eso no bastaría– No… iré yo.
–Puedes acompañarme, pero no tendrás voz ni voto.
«Ya veremos»… pensó ella con un gruñido casi ininteligible.

Gaspard le Hardi también insistió en ir con ellos, pero su motivo era diferente. A decir verdad, el soldado estaba resultando una sorpresa creciente a medida que pasaba el tiempo, y aunque interesado por las noticias que llegaban del desarrollo de la guerra en Francia, parecía haberle cogido cariño a Violante y se estaba forjando una nueva vida en Florencia como mercenario. Si Jean no se había dado cuenta, quizás él también se llevase una sorpresa de otro tipo cuando el día que quisiese volver a París, Gaspard se limitase a desearle buen viaje y buena suerte.
No obstante, Violante no quería llevar demasiada escolta y temía que el Gradenigo tuviese preparada alguna farsa donde se burlaría de ella. Podría vivir con que su hermano compartiese su vergüenza pero… ¿también Gaspard? No, volvería pronto.

El camino hacia el norte fue esta vez corto y extremadamente aburrido. No hubo percances, ni paradas que no fuesen estrictamente para descansar o almorzar, y ni siquiera hubo conversación. En pocos días, llegaban a las puertas de la ciudad para darse cuenta de que, la mansión de Giovanni Gradenigo no estaba intramuros sino en un pueblo cercano. Llegaron a las propiedades del veneciano al caer la tarde y el palacio con que se encontraron les dejó a ambos con la boca abierta.

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Publicado por en 2 noviembre, 2013 en Mis Personajes, Renacimiento

 

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