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Violante I

Capítulo I
“L’homme propose et Dieu dispose”

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Detrás del contador se apostaba un hombre en la treintena que repasaba tozudamente un libro atestado de escritura rápida y prácticamente ininteligible. Su dedo se deslizaba por el pergamino y cuando acababa una columna, volvía a subir persiguiendo la siguiente. Todo a su alrededor era digno de ignorarse: la puerta que se mantenía abierta filtrando los ruidos de la calle, la campanilla de metal que se agitaba con la brisa veraniega, o las pausadas idas y venidas de su mujer, que hacían crujir la madera en el piso de arriba.
Desde una esquina, la niña lanzó una moneda al aire. Todo se podía ignorar salvo una cosa: el ruido del dinero.

–Yolande, qu’est-ce que tu fais?
–Rien, papa.
–Donne-moi ça.
Forzando los dedos diminutos para que aflojaran la presa, un destello de oro cambió de mano y se mantuvo, seductor, ante su nuevo propietario.
–¿Sabes lo que es esto?
Su padre volvía al italiano cuando se enfadaba o trataba temas serios.
–Un florín de Florencia, padre. Por el anverso hay una flor de lis y por el reverso San Juan Bautista, patrón de la ciudad.
Sus ojos empequeñecieron con incredulidad. Pensaba explicarle a la niña lo que era el dinero y por qué no debía jugar con él como si de canicas se tratase, pero la explicación que acababa de oír barría la inocencia de aquel ángel rubio.
–¿De dónde lo has sacado?
–Me lo dio el tío Giovanni antes de irse. Decía que con él teníais que comprarme una medalla de la Virgen para que me proteja. –Pero hizo una pausa esperanzada– ¿Cuánto vale un vestido bonito?
–Que me lleven los demonios…
La campanilla de la entrada cortó su frase por la mitad.
–Maese Piero?
–Monseigneur le duc?
El que acababa de entrar en su establecimiento era el duque de Berry, un cliente habitual pero muy exigente. Entonces Piero Gardi se dio la vuelta, preparado para servirle.

                                                                           * * *

Pese a que nunca había puesto los pies en París, encontró con relativa facilidad el barrio lombardo en cuanto le escucharon hablar en italiano. Llevaba un mensaje para los Gardi, prósperos banqueros florentinos que habían establecido hacía décadas una filial en la gran capital francesa y desde entonces habían prosperado, aumentando de tal forma su fortuna que podría decirse que los Gardi franceses estaban en mejores condiciones que sus parientes italianos si no fuese porque mantenían el negocio como uno solo, un hermano al frente de cada establecimiento y varios primos en Siena, Génova e incluso Venecia.

El hotel destacaba sobre los demás por ser un poco más alto, y aunque sobrio, estaban reformando la fachada con unos bajorrelieves en el dintel de la puerta a la manera italiana. Cuando la atravesó, casi se dio de bruces con una chica joven que llevaba un cofrecillo en las manos. En lugar de seguir su camino ella se paró delante, y sujetando la arqueta entre su mano y su cintura, extendió la otra con una breve sonrisa.
–Buen día. Traéis un mensaje ¿no es cierto? Puedo entregárselo a mi padre o si preferís, os guiaré hasta él.
El hombre titubeó un instante, pero la carta no abandonó el envoltorio de fino paño que la protegía. La joven rubia era graciosa y parecía determinada, pero agradecería un momento de descanso y una respuesta de vuelta.
–Preferiría ver a vuestro padre, si sois tan amable.
Su voz era grave y su acento cerrado, claramente florentino. Era reconfortante encontrar un pequeño rincón en aquella sucia y tortuosa ciudad donde se hubiese colado un poco de la calidez de su tierra. Sin embargo, toda ella pareció congelarse cuando Piero leyó el contenido de la carta. Después de un mes viajando, casi había olvidado que era portador de malas noticias.
–Virgen María santísima y San Cristóbal bendito… Paolo, Bianca y Antonello… todos muertos… Que Dios nos asista.
Tras la señal de la cruz su rostro se transformó en un sudario mientras escuchaba las tristes noticias de la epidemia que había azotado el norte de Italia, no con la gravedad de la peste del 1348 pero lo suficiente como para barrer de un plumazo a la mitad de su familia.
Las posibilidades comenzaron a ramificarse en su mente con la rapidez de un relámpago. Sin su hermano, que había sido al mismo tiempo su principal socio, ni su sobrino, que hubiese tenido edad de trabajar, se quedaba sin familiares directos que pudiesen mantener la raíz de su negocio. Y cuando la raíz se secaba, la planta moría.
Establecer una relación con alguna otra dinastía de comerciantes parecía la única solución posible, aunque implicaba una  sumisión completa a su forma de hacer negocios ya que para más inri Dios sólo le había dado progenie femenina, y un muchacho que no había demostrado ningún interés por el negocio de su padre más allá del dinero que había sido decisivo a la hora de casar con una joven de la baja nobleza. Casar a su primogénita con algún miembro de los Pazzi, o los Peruzzi, o los Médici parecía una de las pocas opciones posibles… aunque la idea le revolvía el estómago, y ante todo, el comportamiento de Violante cuando lo supiese sería imprevisible.

                                                                        * * *

–Tomad asiento, no os va a gustar lo que tengo que deciros.
Y efectivamente a Jean ya le había dejado de gustar, pues se temía que su padre volviese a insistirle acerca del negocio familiar. Violante sin embargo, se mantuvo de pie;  sin que su padre supiera, había escuchado la conversación con el mensajero y su mente llevaba ocupada desde entonces.

Cuando el discurso acabó, estaba claro que había pensado en mandarla a Italia y casarla con alguien del gremio a costa de perder el control de Florencia pero mantener sus asuntos en París. Su hermano fruncía el ceño ante la otra sugerencia, de que podía marchar hacia Florencia con su familia y establecerse allí para retomar los asuntos de su tío.
No necesito de un marido que me diga cómo ocuparme del negocio, lo hago casi tan bien como vos, padre.
Las palabras de la joven produjeron un denso silencio. El de su hermano, porque aunque no tenía ni idea de si aquello era cierto, consideraba que abrir la boca atraería la atención hacia él. El de su padre porque aunque sabía que era una chica inteligente, una mujer y además tan joven no podía llevar a buen puerto una responsabilidad tan grande… y a veces no por sí misma, sino por los buitres con los que se encontraría en el camino.
–No hija, no quiera Dios que las mujeres además de parir y ocuparos de la casa, tengáis también que preocuparos de todo lo que sucede fuera de ella.
–Te he visto hacer tu trabajo incontables veces, recibir a duques, condes e incluso reyes, sé las condiciones de los préstamos y cómo ser cauta con ellos para no acabar en bancarrota, he repasado tus libros de cuentas y te aconsejé llevar dos al mismo tiempo a la nueva manera florentina…
–Basta.
–Conozco todas las monedas de Europa y sé distinguir falsas de verdaderas sin llegar a pesarlas, las mercancías que elijo resultan ser las que tus clientes prefieren; sé hacer letras de cambio y…
–¡Basta!
Piero estaba completamente anonadado por tal explosivo despliegue de orgullo y autoridad. A decir verdad, ni siquiera se hubiese imaginado que Violante conociese todas esas cosas hasta que ahora las había mencionado todas juntas. Aunque algo había hecho “click” en su cabeza, negó tozudamente mientras buscaba alguna forma de alcanzar un terreno menos movedizo.
–Irás a Italia y te casarás. Mientras estés casada no me importa quién se ocupe del negocio si tú o tu marido, pero si de verdad piensas que el gremio acatará órdenes de una niña de dieciséis años…
–Diecisiete, padre-, respondió ella con una sonrisa triunfal.

 
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Publicado por en 27 octubre, 2013 en Mis Personajes, Renacimiento

 

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Sharede d’Alençon

Cuando abrió la puerta de entrada, recordó vagamente aquella casa. Era un refugio señorial que presumía de tener entre sus muros los mejores ejemplos que hubiese en París de muebles italianos, el gusto algo decadente de las filigranas de Murano, y las maderas nobles y oscuras propias de un señor feudal. Mientras se sentaba a la mesa para esperar al dueño de la casa y disculpar la intromisión, Sharede intentó recordar algo sobre su identidad, pero los pensamientos no hacían más que escurrirse y huir de entre sus manos.

El silencio era paciente y frustrante, la mente que había dejado en blanco fue de pronto asaltada por un grito infantil salpicando el aire. Era un grito reconocible que hizo a su corazón saltar en el pecho. Era… una niña súbitamente asustada por los golpes que habían empezado a sonar desde el exterior. Sus ocho años congelados en unos ojos oscuros observaban temblar la fuerte hoja de madera que no resistiría mucho tiempo más el acoso de los normandos. Pronto se astillaría, y tenía que huir, huir con la niña y con su hermano; sacarles de allí.

Sharede dio un salto hacia la puerta pero la pequeña desapareció y llamarla por su nombre resultó en vano. En su lugar, se encontraba ahora frente a una galería que rodeaba un patio, lejos ya del ruido del acero que había dejado atrás. Los grillos y algún pájaro nocturno se deleitaban con su protagonismo en la noche recién nacida, pero la calma era engañosa, ella lo sabía ahora que sus ojos percibían bien la sombra que se cernía sobre aquel jardín. El problema era que su yo, esa joven que estaba cruzando el patio despreocupadamente, no tenía ni idea de que cada paso que daba la acercaba a la condenación eterna.

– ¡Detente! ¡¡No le escuches!!

Por un instante creyó que lo había conseguido; la joven volvió el rostro hacia ella pero sencillamente entrecerró los ojos un momento y apretó el paso. Se precipitaba directamente en las fauces de su depredador, de aquel monje que le vendió a su hermano a cambio de su alma, de su vida y de su sangre.

Llorando a lágrima viva, Sharede marchó dejando a su joven presencia a merced del destino inexorable. Abrió otra puerta y después la interpuso entre el dolor y ella, esperando obtener cierta paz en alguna habitación de aquella casa.
Se sentó en las escaleras. Empezaba a escuchar el suave susurro de los bordes de un vestido por el pasillo. Esta vez contempló acercarse a una mujer ya marcada por los siglos de culpa y oraciones. Se sorprendió recorriendo su propio aspecto como delante de un espejo, ese objeto que a los Lasombra les estaba prohibido. Dios mío, había olvidado las pequeñas pecas que invadían sus mejillas, el color de sus labios o la penetrante mirada. Casi sintió ganas de reír cuando se descubrió intimidada por sus propios ojos; pero tenía miedo de que pudiese escucharla, y quería saber a dónde iba.

La mujer se detuvo no mucho más allá, mientras abría una puerta. Esa pequeña capilla que se ofreció a su vista le devolvió todos los recuerdos y rompió los diques de su mente. No, no era cualquier refugio, estaba en la casa de Angelo… y mientras no se daba cuenta, había dejado de ser una elegante mansión para convertirse en un refugio claustrofóbico y polvoriento. Las cortinas aparecían deshilachadas y su color rojo raído, las baldosas estaban sueltas aquí y allá, la madera infestada de carcoma parecía haberse contagiado de los años de su propietario. Angelo, el mismo que caminaba más silencioso que un gato hasta las espaldas de su otra yo.

– Sharede…
Pudo notar el estremecimiento de ella como si estuviese alojado en su propio cuerpo, y vio impotente cómo se daba la vuelta y ambos se enfrentaban cara a cara. El veneciano lejos de asaltarla con reproches, como había hecho la última vez que estuvo allí, dio un paso demasiado largo y quedó a la distancia del suspirar.
– Te quiero.
Sus dedos revolotearon por aquella mejilla inmune al rubor, acariciando la piel y atreviéndose a buscar su boca. Con un gesto de guerrero, de mercenario que acomete una embestida, el Lasombra se fundió con ella en un beso sugerido por sus cabellos entrelazados: los de él negros y ásperos, los de ella esponjosos y suaves.

Un gemido ahogado recorrió la habitación cuando el puñal se clavó en su pecho.

Y Sharede despertó.

 
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Publicado por en 6 julio, 2011 en Mis Personajes

 

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Lucie I

Con un revoloteo, el pájaro logró zafarse de sus perseguidores, al mismo tiempo que una piedrecilla rebotaba contra varias amontonadas y quedaba inerte, esperando su premio. Los chavales del campamento de refugiados habían dejado de jugar por un momento: la niña que pasaba junto a ellos siempre robaba su atención. Esta vez, al verla acompañada de alguien a quien no conocían, no se atrevieron a llevarle ningún regalo.

Se trataba de Bojan, un muchacho un poco mayor que ella, y que parecía intimidado delante de tanta gente en silencio repentino. Lucie ya estaba en la linde del bosque cuando éste de un par de zancadas, salió de su ensimismamiento y la alcanzó.

–¿Por qué se han quedado todos callados? –susurró frunciendo el ceño.
Lucie le miró con una sonrisa y Bojan notó que las rodillas le temblaban; le parecía la primera vez que veía tan de cerca aquellos ojos semitransparentes del color del agua fresca.
–Si quieres te cuento la historia, pero tienes que prometerme que no harás como ellos cuando la sepas.
Su carita se mostraba ahora seria, con esa seriedad tan digna que esgrimen los niños pequeños. Su mano exigió un pacto antes de invitarle a sentarse, y Bojan aceptó intrigado.

–Nací la noche de San Juan. ¿Sabes lo que se hace en la noche de San Juan?
El niño apenas si entendía francés pues su familia había llegado hacía pocas semanas desde el este de Europa, buscando cobijo en París. Bojan negó con la cabeza mientras hurgaba con un palo entre las hierbas, intentando distraer su atención de aquel cabello largo y dorado donde los rayos de sol tejían su tela.
–La gente celebra una fiesta muy antigua, una fiesta de nuestros antepasados–, pronunció ella con cuidado pues no estaba muy segura de que esa fuera la palabra. En todo caso, su compañero pareció impresionado–. En ella se queman cosas y el fuego sube hasta el cielo en grandes hogueras que dan luz como si fuese de día.
–Me gustaría verlo.
–Si tus padres se quedan hasta el verano, lo verás.
–¿Y qué pasó cuando naciste?
El chico era inteligente y sabía seguir el hilo, así que Lucie sonrió satisfecha.
–Hubo un gran incendio. El fuego quemó parte del campamento, y llegó hasta donde vivían mis padres. Murieron, por eso vivo con Ama.
–¿Y dónde estabas tú? –preguntó él desconcertado.
–Con ellos, claro. Todo se quemó, pero a mí no me pasó nada. Me encontraron a la mañana siguiente entre las cenizas.
Bojan dio un respingo y sus ojos se agrandaron.
–En mi tierra –respondió en voz baja– se dice que la gente como tú sabe hacer magia. Si sobrevivieron a un incendio, tienen el poder del fuego, si se salvaron de ahogarse, tienen el poder del agua…
La niña le miró fijamente sin decir nada durante un momento.
–Aquí dicen que soy un ángel, pero me gusta más eso de la magia. Ven, te voy a enseñar una cosa.
Los dos niños caminaron a hurtadillas hasta la tienda de la vieja Amavarati, la curandera ciega. Era esencial no hacer ruido para que no supiese que había alguien más allí aparte de su protegida. Lucie entonces, señaló en la penumbra:
In presentia luci, tenebrae extinguunt…*

Con un chisporroteo, una llama nació abrazando la mecha de las cansadas velas.

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* Vires.

 
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Publicado por en 28 junio, 2011 en Mis Personajes

 

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