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Violeta

Para celebrar la noche de San Juan, como siempre, decidí irme a la playa. Lo que pasa es que mi forma de pasar esa noche es bastante diferente a la de los demás; ellos prefieren reunirse con sus amigos, emborracharse, sentirse arropados por gente… aunque no la conozcan, para tranquilizar sus miedos a la soledad. Pero yo me enfrento a ella directamente y me marcho a un lugar donde no puedan encontrarme.
El lugar en cuestión es mucho más hermoso que las playas corrientes. Se trata de una cala recogida que se enfrenta tras varios kilómetros de costa al resto de playas más conocidas, pero a donde no va nadie porque es un cúmulo abrupto de rocas y arena, además de estar lejos.

Desde allí y por la noche se pueden ver pequeños puntos de luz a donde quiera que mires, y aquella noche en concreto las estrellas se entrelazaban con los ecos del fuego, más allá de las olas.
Me dejé abrazar por la oscuridad. Las referencias de luz estaban tan lejos que sentía la noche como un ser denso y palpable envolviendo todos mis sentidos, mientras que el ruido del agua rompiendo suavemente a mi lado dejaba a la mente flotar en un estado de calma absoluto.
Me senté sobre una roca que sobresalía como una ballena negra, recortada contra el blando relieve de las aguas. Con mis brazos rodeé las rodillas y apoyé la barbilla sobre ellas, manteniendo los ojos bien abiertos. Hay quien dice que no se ve nada en la oscuridad, pero solo hay que ser paciente y dejar que poco a poco vayan dibujándose contornos y siluetas, sombras, colores profundos; una infinita gama del azul al negro.
Si el día ofrece evidencias, la noche sugiere secretos. El uno es sincero, incluso hiriente… la otra es traviesa y le encanta jugar a las adivinanzas, aunque yo aún no sabía hasta qué punto.
Desconozco cuánto tiempo estuve así, sin moverme, estremecida por el murmullo de una lengua arcana. Cuando mis ojos pudieron desatarse del atractivo del agua, empecé a reseguir formas de las rocas colindantes imaginándome figuras imposibles, animales fantásticos. Estuve concienzudamente repasando todas y cada una de mis silenciosas compañeras, pero cuando me giré para ver las que tenía detrás, me topé con una silueta que parecía demasiado humana.
No, no era mi imaginación, a escasos metros de mí había una persona, y juraría que me estaba mirando, pero su quietud y su pose tranquila calmaron mi primer impulso de miedo hasta transformarlo en cosquillas inexplicables aleteando en el estómago.
Por el lugar donde estaba sentado, podía perfectamente haber llegado antes o después que yo. En cualquier caso me sabía observada, y él ahora también lo estaba. Entre nosotros se estableció un silencioso cruce de diálogos mientras las miradas se tanteaban en la oscuridad sin llegar a encontrarse.
Las horas transcurrieron y en un momento que no recuerdo cedí al sueño, como si mi cuerpo se hubiese acostumbrado a aquella presencia y la considerase un elemento más del paisaje.
Cuando me desperté, comprobé sobresaltada que la luz del día recaía duramente en los contornos de la cala, creando aristas y transformando las silenciosas ballenas negras en sucios caparazones grises. Mis ojos corrieron hacia el lugar donde había visto al desconocido, pero ya no quedaba de él más que el recuerdo.

* * *

Había pasado un año. Cuando vi el día en el calendario, no pude evitar que volviese todo a mi mente con la fuerza de una gran ola que te advierte de que la marea ha subido mientras tú no te dabas cuenta.
Mis planes eran los mismos, apartarme hasta la playa más lejana y recóndita, pero algo había cambiado. Ya no buscaba estar sola.
Maquinalmente me abrí camino en la oscuridad recordando a la perfección dónde me había sentado la última vez. No alcancé a disfrutar de los detalles. Esperé impaciente, y mi único acompañante fue el mar hasta que perdí la consciencia y volví a entregarme al sueño.
Me desperté entumecida y malhumorada por mi inocente ilusión, ¿por qué había llegado a pensar que pasaría algo?
Me levanté dispuesta a marcharme, y sorprendida observé lo que había caído al suelo con un sordo suspiro. Era una flor, una violeta concretamente, y no podía haber llegado hasta allí por casualidad.
Maldije el momento en que me había quedado dormida. Miré a la flor esperando que me transmitiese alguna clave oculta, pero ella guardó los secretos de su dueño entre los pliegues de sus pétalos.

* * *

Me había costado esperar. Había visitado varias veces la pequeña cala sabiendo de antemano que no servía de nada querer adelantarse a los acontecimientos. La violeta había expirado hacía muchos meses, llevándose definitivamente sus secretos a la tumba, y ningún rastro nuevo se manifestó desde entonces. Pero ya se había cumplido otro año.
En lugar de sentarme en la misma roca que de costumbre, ocupé la que había sido de él tantos meses antes. A más altura, mi mirada abarcaba perfectamente todo el lugar, decidida a no perderse ningún detalle de aquella noche pero sin saber que una mano estaba a punto de posarse sobre mi hombro.
El trote pausado de mis latidos se convirtió en una estampida. La suave presión de aquella mano se propagó por todo mi cuerpo como si me hubiese convertido en un material conductor de emociones irracionales.
La realidad comenzó a descomponerse vertiginosamente en fotogramas. El frescor del mar había dado paso a la calidez de unos brazos rodeándome, y entre ellos tropecé con aquellos labios que aún no habían roto el silencio.

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Publicado por en 23 octubre, 2010 en Colores, Relato

 

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